PINTURA

ZÓBEL, Fernando

Manila, 1924 – Roma, 1984

El paso de Fernando Zóbel a la abstracción, desde unas primeras pinturas de aire fauve, tuvo lugar mediados los años cincuenta, tras el encuentro en 1955 con una exposición de Rothko en Providence. Había estudiado Filosofía y Letras en Harvard, integrándose luego en la Rhode Island School of Design (RISD). Vinculándose a los pintores de Boston y encontrándose con Alfonso Ossorio, artista y coleccionista del informalismo europeo, su formación se desarrolló en aquel contexto norteamericano del expresionismo abstracto. Zóbel expondría individualmente ya en 1954 y 1955 en Boston y Providence, mostrando luego su pintura Nueva York en Bertha Schaefer Gallery (1965) y recibiendo allí, además de la devolución de visita de Rothko, la atención crítica estadounidense.

Desde finales la década de los cincuenta viaja a Europa y establece domicilio en un Madrid agitado en lo artístico. Coleccionista de esa generación abstracta, concebirá el Museo de Arte Abstracto Español en Cuenca, que se inaugura en 1966 con su colección. No se entendería nuestro tiempo sin él, un existir intenso, un pleno vivir de pintor de infinita curiosidad que abarcaba la práctica totalidad de la cultura. Entre tanto, su pintura quedaba incorporada a grandes exposiciones de los sesenta: “Before Picasso; After Miró” (Guggenheim Museum, 1960) o “Modern Spanish Painting” (Tate Gallery, 1962). En esos años sus abstracciones se radicalizan, restringidas al uso del blanco y negro, portando un lenguaje caligráfico y esencialista que quedaba adscrito a una abstracción que era lírica pero que se vinculaba al arte informal y sus estímulos visuales, signos semejare surgidos desde una cierta compulsividad de la mano, como el trazo tentado desde el gesto de un solo movimiento, tal propondrían los maestros orientales. Tras un breve periodo geometrizante en los setenta, coincidiendo con su participación en “12 Spanjorer” (Göteborgs Konstmuseum, 1970), su pintura se encamina hacia un universo construido mediante manchas de aspecto disuelto.

Era un gesto pictórico entre la reflexión y la ascesis meditativa, como signos metafísicos tentando representar lo que estuvo en un instante y fugó, lo recordado de lo visto; en lugar capital, arte y naturaleza. Sometiendo a reinterpretación ciertas imágenes de la historia del arte que cautivaban a este irredento visitante de museos, junto a la poética emoción de lo entrevisto y sentido frente a la naturaleza, en especial el agua, el verdor de los ríos y el paisaje de Cuenca, los fenómenos atmosféricos. Como en este “La Presa IV” (1978), hallamos elementos visuales compuestos de una indeterminación fundamental, lo que otorga a su quehacer un cierto paralelismo con la opera aperta, una pintura energética que plantea la duda sobre lo concluido, lo que está y podría terminarse, la restricción decidida de lo pintado y la apertura del campo de posibilidades interpretativas, hasta la mutabilidad de las diversas lecturas que ese mundo de signos y formas ofrece a quien contempla. Haciendo visible lo invisible, algunas de sus últimas obras habrían de leerse como un canto último, postrera apoteosis de este pintor que no cumplió sesenta años. Así ha de comprenderse la exuberancia de algunos de los cuadros finales asaltados por poderosas notas de color, destellantes manchas azules o encendido cromatismo que le deslizaba hacia un sentido extraordinario de la libertad en la dicción pictórica.

Alfonso de la Torre

La Presa IV, 1978
Óleo sobre lienzo

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