PINTURA

RUEDA, Gerardo

Madrid, 1926 - 1996

Entre 1943 y 1945, Gerardo Rueda Salaberry, desapegado estudiante de Derecho, tras leer un clásico libro de Guillaume Janneau sobre el cubismo, copió en un cuaderno las pinturas cubistas que admiraba, Juan Gris principalmente. Así comenzó su carrera artística: mirando a la pintura. Otrosí, su ascendencia francesa le permitió viajar a París con frecuencia, visitando galerías y Museos, siendo el encuentro con Zóbel -a finales de los cincuenta- capital para quedar unido a la aventura abstracta de nuestro primer museo democrático, el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca (1966).

Pintor esquivo de las modas, era una de sus divisas: “hay que proponerse seriamente no estar al día”. A sabiendas que, ese no estar en el mainstream del mundo es, justamente, la más certera definición de la actitud de vanguardia. Aquella admiración por la exactitud de Gris y la práctica cubista le llevó a ejercer el collage durante toda su trayectoria, tanto mediante papeles diversos como realizando otros objetuales. Collages que incorporaban papeles varios, restos tipográficos o dibujos, pero también conjuntos lígneos o compuestos mediante elementos de la vida, la cotidiana o la del pintor, con frecuencia en cajas a modo de escenas, que evocarán otras admiraciones ruedianas: Cornell, Klee, Morandi, Motherwell, Schwitters o Torres-García.

Defensor contumaz del equilibrio y el orden en sus composiciones, elaborador de geometrías fingidas o secretas, una parte de su obra en los años ochenta supuso un trasvase pictórico de los efectos de los collages. Como en este magno “Tres amarillos” de 1980, ficción de los papeles adelgazados emergiendo desde la negritud, pintados de colores leves con frecuencia de esencia naturalista, muestran los efectos de superposiciones y recortes, hasta de los rasgados a mano. La ironía ruediana, esa gran estrategia de la reserva y del temporal encuentro con el mundo, queda ejemplificada en el título, que parece desplazar a quien contempla hacia múltiples recorridos. Escuchemos a Rueda explicarlo: “¿No será el color la guinda de la tarta?”.

Alfonso de la Torre

Tres Amarillos, 1980
Acrílico sobre lienzo

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