Paloma Navares cultiva flores en su jardín mediterráneo; las corta en pleno esplendor y las deja marchitar para añadirlas esa intensificación barroquizante del colorido de una flor a punto de caducar. Llegados a este punto, clona los pétalos, los estambres y los pistilos. Las convierte en superflores y, por si fuera poco, las completa con grabados antiguos de otras civilizaciones. En este caso, de la cultura japonesa.