9 enero, 2007

Aeropuertos y bichos

Manuel Zugasti
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Aunque en principio la imagen de un avión y de un pájaro en un aeropuerto pueda parecer poco factible, la existencia conjunta de una fauna silvestre y del tráfico aéreo es perfectamente compatible si se toman las medidas adecuadas para ello. Cada uno tiene su lugar y su espacio.

 

Para controlar a las poblaciones de pájaros se utilizan aves de presa adiestradas y en algunos aeropuertos se han puesto en marcha programas de colaboración con distintas instituciones con el fin de proteger a especies en peligro de extinción que viven en los alrededores. Son algunas de las medidas que se toman para conseguir que cada uno, bichos y aviones, tenga su espacio y sus límites.

El término bicho tiene un origen despectivo que, tradicionalmente, se ha aplicado a todo ser que se mueve, siendo su aplicación más justificada cuanto más pequeño es el ser al que se le aplica. Esta referencia, y el cambio de visión hacia los seres vivos que se ha producido en los últimos tiempos, ha hecho que esta denominación haya derivado hacia una aplicación más entrañable, de modo que ya resulta familiar referirnos a niños pequeños con este calificativo. Los zoólogos, ya sean catedráticos, investigadores de laboratorio, naturalistas de campo o simples observadores de la naturaleza, en su lenguaje coloquial y relajado, no tienen ningún inconveniente en referirse a los bichos cuando hablan de gasterópodos, cordados, cetáceos, vivérridos, quelonios o cualquier otro grupo animal que sea base de su conversación. Sirva como ejemplo el título de la segunda parte de la simpática narración de Gerald Durrell, “Bichos y demás parientes”, continuación de su “Mi familia y otros animales”. 

Los bichos forman parte del patrimonio natural que hemos heredado, son la base de estudio de muchísimas ramas de la ciencia, y están estrechamente relacionados con la cultura de los pueblos y las civilizaciones. Esta puesta en escena, propia de una enciclopedia por fascículos, nos permitirá apreciar qué pasa con las aves y el transporte aéreo. ¿Son un peligro?, ¿hay que eliminarlas?, ¿estamos seguros dentro de un avión cuando el cielo está lleno de vencejos?,…

Nosotros vamos a ver en qué se basa el comportamiento de esos bichos, quiénes son, cómo funcionan y cómo nos afectan, intentando conocerlos un poco mejor y relacionándolos con ese espacio que compartimos y del que también hay mucho que conocer: el aeropuerto.

Se trata de un lugar en el que hay una multitud de personas que trabajan en distintas especialidades: Mantenimiento de las instalaciones, atención al pasajero, organización del tráfico aéreo y terrestre, seguridad interna y externa, facturación, …, y por el que también transita diariamente otra multitud, en este caso, pasajeros y tripulaciones que, en los pocos metros que supone la superficie del terminal, pasan de tener los pies en el suelo a desplazarse a cientos (a veces, miles) de kilómetros por el aire, en unos tiempos que el sentido común más rural consideraría, cuando menos, absurdos. Lo hemos conseguido asumiendo costes, aplicando tecnologías y dejando que las cosas funcionen de la mano de profesionales competentes y experimentados con arreglo a procedimientos muy elaborados en los que está previsto hasta lo imprevisto.

Este escenario tan organizado tiene, además, unos usuarios que no sufren los controles de seguridad, no pagan ningún tipo de tasa, no saben de retrasos, equipajes, huelgas o cualquier otra cosa que pueden padecer los pasajeros; ni están controlados en su rendimiento y actividad por supervisores celosos de que todo funcione bien. Estos usuarios, los bichos, están ahí, entre nosotros, por voluntad propia y, a veces, mirándonos con cara de decir: Si esto es la especie dominante, estamos listos.

El conjunto de los bichos es lo que conocemos como fauna, término aparentemente mucho más respetuoso. Cada uno de sus componentes, entre su nacimiento y su muerte, tiene la misión de alimentarse para crecer y dejar descendencia de su propia especie; y alrededor de esa función tan elemental es donde se organizan las diferencias, convivencias, rivalidades y colaboraciones. En pocas palabras, la especialización. 

La naturaleza está llena de recursos alimenticios, unos primarios o directos como son los vegetales, que están ahí y no hay más que comérselos, y otros más elaborados, como son los animales, que sirven de alimento a otros animales, a los que hay que perseguir y capturar para que cumplan esa función nutritiva. Se organiza así un proceso en el cada cual debe tener sus sentidos canalizados en dos direcciones: comer y no ser comido, principio al que cada especie ha aplicado distintos medios favoreciendo la diversidad animal que conocemos. 

Halcón en el aeropuerto

Halcón en el aeropuerto.

COMER EN TORNO AL AEROPUERTO

Esto es lo que ofrece un aeropuerto, una cubierta vegetal que sirve de sustento inicial a una comunidad de invertebrados (gusanos, insectos, arañas,…) que se organizan entre ellos comiendo la vegetación, los residuos de todo tipo que generan las especies mayores o, simplemente, comiéndose los unos a los otros. Esta comunidad es parte de la alimentación que aprovechan otras comunidades más evolucionadas, los vertebrados. En cada una de ellas también se producen todos los escalones de la alimentación, con una organización de las cadenas de nutrición más compleja según avanzamos en esa evolución en la que el hombre se sitúa a la cabeza. 

Si acudimos a un sencillo ejemplo, referido al mundo de las aves, tenemos el petirrojo que se alimenta de insectos independientemente de la especialización alimenticia de estos, y el gorrión, consumidor de semillas, que también aprovecha otros recursos para alimentarse; ambos forman parte de la alimentación del gavilán que, mientras duerme, puede convertirse en la cena de un búho. Si en este conjunto se introducen peces, culebras, ranas, conejos, zorros, águilas, perros y gatos, es fácil adivinar que las cadenas alimenticias, llamadas tróficas, son extremadamente complejas, y que siempre hay alguien dispuesto a aprovechar un recurso por limitado que este parezca a primera vista.

Este ir y venir de comida puede parecer un teatro en el que todos andan a mordiscos, pero, según ciertos estudios, un herbívoro del Serengetti, en Tanzania, (gacela, antílope, cebra, ñu, búfalo, jirafa,…) tiene menos probabilidad de ser comido por un carnívoro de su hábitat (león, guepardo, leopardo, hiena, …) que un peatón de Nueva York, Londres o París de ser arrollado por un vehículo, y eso que el conductor no precisa atropellar a nadie para sobrevivir. Si la conclusión que se obtiene de estos estudios es que se tiene más seguridad siendo jirafa en Tanzania que turista en Londres, también hay que pensar que, en el primer caso, lo normal es que uno termine en el aparato digestivo del otro, y en el segundo, después de un periodo de recuperación, hay bastantes probabilidades de sobrevivir, incluso de repetir la experiencia.

¿Cómo se lo plantean la cebra o el antílope de Tanzania? Se supone que igual que el gorrión del Paseo de Gracia de Barcelona, o el mirlo en el Espolón de Burgos, cada uno en su nivel de adaptación para aprovechar los recursos del entorno, y aplicando lo que ha aprendido sobre los peligros existentes en el mismo.

Después de estas divagaciones referidas a la fauna, ya conocemos lo suficiente de su comportamiento como para volver a nuestro destino, a los aeropuertos, y saber qué es lo que pasa en el entorno de esa fauna más desarrollada, el mundo de los vertebrados, al que pertenecemos. Los más alejados dentro de este ámbito son los peces y los anfibios, estrechamente vinculados al medio acuático, por donde no se mueven los aviones, y cuya presencia en los aeropuertos tiene una importancia limitada, referida a la posibilidad de que sirvan de base al resto de las cadenas alimenticias.

Este efecto de atracción también lo producen los reptiles, entre los que hay especies que generan cierto rechazo por parte del público, y alguna que puede implicar cierto peligro en algunas regiones por el veneno de sus mordeduras.

Conejo común

Conejo común.

MAMÍFEROS AEROPORTUARIOS

El mundo de los mamíferos es más complejo, pero sin grandes particularidades para los aeropuertos: Las especies de menor tamaño, como topillos, ratones y otros micromamíferos, desempeñan un papel similar al de los grupos anteriormente mencionados en relación con las cadenas alimenticias. Su presencia en los aeropuertos no tiene una consideración distinta a la de otros medios urbanizados o agrícolas, con un planteamiento en su control que responde más a condicionantes sanitarios que a la posible repercusión en las operaciones aeronáuticas. 

Dentro de este grupo estarían conejos y liebres, cuyos excesos de población requieren, en ocasiones, actuaciones de los especialistas dedicados específicamente al control de la fauna silvestre en los aeropuertos. Compartiendo este nivel de tamaño, se han detectado oportunistas que se han sabido acomodar a este medio, como comadrejas, visones, y otros pequeños carnívoros, entre los que tiene su interés la familia de meloncillos que frecuenta el Aeropuerto de Jerez, manteniendo en niveles aceptables la población de conejos y reptiles común en la zona. Tampoco es excepcional avistar algún zorro de tarde en tarde, especialmente en los aeropuertos de la mitad norte peninsular, aunque pocas veces han sido residentes establecidos en estos lugares.

Estos pequeños carnívoros son muy discretos, y rara vez abandonan las áreas donde la vegetación oculta sus movimientos, por lo que es excepcional que se aventuren hacia las grandes superficies desprovistas de protección que son las pistas de los aeropuertos. En cuanto a mamíferos de tamaño mediano, con relativa frecuencia se detectan en los aeropuertos la presencia de perros o gatos cimarrones, cuya captura incruenta para su entrega a los gestores correspondientes no presenta complicaciones especiales. 

De los grandes mamíferos de nuestra fauna, en alguna ocasión se ha detectado la presencia de jabalí, pero la localización inmediata de los puntos sensibles del cercado por donde entran al aeropuerto y la corrección de los defectos que permiten su paso han sido suficientes para evitar que esta presencia pudiera suponer algún problema. En cuanto a animales de mayor tamaño, son fácilmente perceptibles, por lo que cualquier operación de acoso inmediata provoca que abandonen el recinto y, una vez conseguido, no suelen intentarlo de nuevo. El lugar es lo suficientemente incómodo como para que los recursos que ofrece merezcan algún tipo de esfuerzo por su parte y es relativamente fácil evitar que generen problemas.

 

AVES Y AVIONES

A partir de aquí vamos a intentar conocer a las aves, protagonistas de cualquier tipo de planteamiento en el que se establezca alguna forma de relación entre el tráfico aéreo y la fauna silvestre. Forman el grupo que más curiosidad despierta en el gran público, independientemente de la relación personal que cada cual tenga con el transporte aéreo; son los bichos más vistosos y más visibles, los más espectaculares y, posiblemente, fundamento de sueños y utopías que se mantienen porque los pájaros vuelan y van y vienen por doquier. Su observación nos produce algo parecido a la envidia y son frecuentes los reportajes, noticias o convocatorias de contratos vinculados a su presencia cerca de los aviones. Además, el control de sus movimientos forma parte de los planes establecidos para garantizar la seguridad de las operaciones aeronáuticas.

Mediante el manejo de aves de presa adiestradas, principalmente halcones, se evita la presencia de otras aves en las proximidades de las pistas.

Las aves forman un grupo como los otros ya mencionados, en el que están representados todos los niveles o escalones de nutrición y de acomodación al medio que se puedan imaginar. Hay aves que se alimentan de polen o de plancton aéreo, aves que han aprendido a bucear para comer mejillones, y otras que se los comen desde la orilla, sin mojarse las plumas; muchas saben lo nutritivos que son los limos de riberas y playas, y otras rechazan los humedales y engordan comiendo todo lo que pueda haber en páramos o secarrales; también hay aves que prefieren correr antes que volar, otras que, si no son capaces de volar, no pueden sobrevivir; y algunas, que han renunciado a esa capacidad y se han especializado en la natación, en el buceo o en la carrera. Hay aves que se alimentan de otras aves, y algunas que basan su dieta en animales terrestres, en frutas, lombrices, semillas,…; hay aves que son activas de noche y otras únicamente con luz solar; las hay especialistas en el consumo de determinados tipos de alimento y las que pueden comer cualquier cosa. En fin, el mundo de las aves es inmenso, las hay muy grandes, grandes, medianas, pequeñas, muy pequeñas y diminutas, y en esta escala de tamaños siempre encontraremos a alguna referida a las especialidades alimenticias que hemos visto. Incluso hay especies que los humanos somos capaces de mantener en una jaula para poder disfrutar de su canto, o de las que aprovechamos sus huevos, carne o plumas. 

Una vez que hemos identificado a estos personajes, intentaremos centrarnos nuevamente en nuestro mundo particular, el ecosistema que nos preocupa: el aeropuerto.

En este espacio hay otro protagonista, el avión, “la niña bonita” de los aeropuertos, ingeniosa máquina diseñada para volar que es especialmente vulnerable en las proximidades del suelo, es decir, en el tránsito entre el aire y la tierra o viceversa, que es cuando todos sus sistemas tienen que estar plenamente operativos. En este espacio, donde despega y aterriza, y es objeto de atenciones para que vuelva a volar, es donde comparte territorio con gente tan desordenada y carente de cualquier sensibilidad comercial como son las aves. Y es aquí donde existe un riesgo de colisión que, aunque no suele tener influencia en el vuelo, es origen de gastos directos o indirectos y complican las operaciones de mantenimiento necesarias para garantizar la seguridad.

Para evitar los problemas derivados de la presencia de aves en estos espacios se comienza identificándolos, o lo que es lo mismo, conociendo la población local de aves que habita en el aeropuerto y su entorno más próximo en cada una de las épocas del año. Una de las características de las aves es su movilidad, su capacidad de ir de acá para allá sin aparente dificultad, lo que permite que sus poblaciones no sean estables y varíen de unas estaciones a otras, encontrándonos con importantes grupos que se perciben únicamente durante los pasos migratorios de primavera y otoño, y con especies que seleccionan determinadas áreas para pasar el invierno.  También hay especies que son sedentarias, viviendo en los mismos lugares durante todo el año, y otras que están entre nosotros durante el ciclo reproductor, emigrando cuando éste termina; incluso, dentro de cada temporada, su presencia en un sitio determinado es diferente según la hora del día.

 

Topillo de campo

MEDIDAS DE PREVENCIÓN

Una vez que sabemos quiénes son y cuándo están, también conocemos sus hábitos alimenticios y comportamiento general, con lo que ya podemos saber qué factores de atracción existen en el aeropuerto para favorecer su presencia. Aquí empiezan las primeras medidas preventivas del riesgo, conocidas como acciones pasivas, consistentes en neutralizar esos factores de atracción en la medida de lo posible. 

Básicamente se trata de establecer un tratamiento de la cubierta vegetal en las proximidades de las áreas de movimiento de los aviones para evitar que se conviertan en lugar de alimentación o refugio. También se disponen obstáculos de distinto tipo para impedir que ocupen determinados espacios.

Estas medidas no son siempre suficientes ya que hay factores de atracción muy importantes que no es posible modificar, como son las dimensiones del aeropuerto, la facilidad que supone para las aves la vigilancia de su entorno en estos grandes espacios despejados, la presión urbana del entorno, con la consiguiente modificación de las características originales del paisaje, o la ausencia de espacios protegidos que puedan actuar como refugio alternativo, por nombrar algunos de los más frecuentes. Cuando se producen estas situaciones se activan las medidas disuasorias directas. 

Se dice que muchas aves acuden a los aeropuertos porque no encuentran un lugar mejor donde ir, y con estas medidas se trata de demostrar a las aves que los aeropuertos no son unos lugares tan confortables como puedan parecer a primera vista. Cuando su presencia es accidental basta con el empleo de elementos mecánicos diseñados para evitar sus concentraciones como los destellos luminosos, la pirotecnia o la emisión de sonidos específicamente grabados para generar alarma. Así, esas aves que han llegado de forma casual abandonan el recinto sin más complicaciones, seleccionando un lugar transitorio donde no se las moleste. 

El problema se plantea cuando las aves son residentes permanentes o temporales de este espacio en el que han vivido desde antes de que se inventaran los aviones, y descubren en un plazo relativamente corto que esos efectos son inofensivos, lo mismo que los aviones que siempre se mueven por los mismos sitios y que, aunque hagan mucho ruido, no muerden. Las aves convierten, así, a los aviones en un elemento más de un paisaje en el que hay otros componentes aprovechables y sin riesgos. 

En este caso, mediante la contratación de especialistas, se establece un Servicio para el Control de la Fauna (SCF) cuya misión principal es evitar la presencia de aves en las proximidades de las pistas, actuando también sobre otros animales terrestres cuando las circunstancias lo requieren. La base de actuación de este servicio es el manejo de aves de presa adiestradas, principalmente halcones, capaces de acosar a otras aves e incluso de hacer capturas. Se trata de emplear los elementos de peligro que existen en la naturaleza, los cazadores más eficaces, que cualquier especie identifica como una amenaza real, induciéndolas así a abandonar las zonas donde la presencia de rapaces en actitud de caza es permanente.

Mediante la aplicación de estas técnicas, se ha conseguido que las especies nidificantes no se establezcan en las proximidades de las pistas, y que los flujos regulares de aves en sus desplazamientos rutinarios entre las áreas de reposo y las de alimentación, no coincidan con las trayectorias de los aviones en sus maniobras de despegue y aterrizaje, manteniendo el espacio aéreo libre de su presencia. Estas medidas permiten limitar las zonas de actividad de estas aves a lugares en los que su presencia no suponga interferencias con el movimiento de los aviones. También se restringe su presencia en otras zonas del recinto aeroportuario como los jardines de uso público o áreas marginales y de reserva alejadas de las pistas. 

Así, el acoso a especies que por su tamaño, gregarismo o costumbres significan algún tipo de riesgo, no ha afectado de ninguna manera a otras especies propias de formaciones naturales como el matorral, el bosque o los humedales. Por ejemplo, en aeropuertos como los de Ibiza, San Sebastián o Santander, próximos a reservas naturales, las actuaciones están destinadas a devolver a estos espacios los animales que se asoman al aeropuerto.

La experiencia ha llevado a aplicar estas técnicas a la mayoría de los aeropuertos españoles. Partiendo de una tradición como es la práctica de la cetrería, y contando con unos profesionales que han sabido interpretar el problema planteado y los objetivos propuestos, se ha conseguido primar la seguridad sobre las satisfacciones que puede producir una práctica deportiva tan antigua como es la caza con halcones. 

Se ha intentado utilizar los mecanismos que regulan el comportamiento de las especies animales en la naturaleza en provecho de unas condiciones de seguridad imprescindibles, y se ha conseguido sin afectar a la composición de las poblaciones silvestres.

 

LA PROTECCIÓN DE LAS ESPECIES

De hecho, el conocimiento de la fauna que habita en los aeropuertos y la correcta identificación del riesgo que pueden suponer han permitido establecer programas de colaboración con distintos organismos encaminados a la protección de las distintas especies. Así, el Aeropuerto de Melilla colabora con las autoridades locales en la recuperación de animales silvestres; y en Menorca, el Aeropuerto se ha convertido en un centro de protección de tortugas terrestres. Esta medida está permitiendo la reintroducción de esta especie de tortugas en lugares donde su población estaba en riesgo de desaparecer. 

En el caso de La Gomera, el aeropuerto es uno de los espacios seleccionados en la isla para la incorporación del lagarto gigante a su hábitat original, dentro del programa de recuperación de esta especie endémica que se consideraba extinguida hasta hace pocos años y que se ha recuperado a partir de la colaboración entre varios organismos. Además de estas iniciativas, hay otros aeropuertos españoles en los que se desarrollan programas de sensibilización hacia el medio natural, como los que están especialmente dirigidos a la población escolar.

En un planteamiento de colaboración, en el que los equipos contratados aportan sus conocimientos, sus aves de presa y el resto de medios necesarios para la obtención de los fines propuestos, se ha conseguido, a partir del análisis del problema que generan las aves en el tráfico aéreo, encontrar una solución no agresiva para la fauna y compatibilizar las tecnologías más avanzadas con la protección de los componentes del medio natural.

Halcón

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