‘The final countdown’, relato finalista de la III edición de ‘Te lo cuento en el aire’

‘The final countdown’, relato finalista de la III edición de ‘Te lo cuento en el aire’
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Ya puedes leer el relato finalista del III Concurso de Relato Breve ‘Te lo cuento en el aire’: The final countdown de José Manuel García Durán. Una historia con un original planteamiento narrativo sobre una mujer cuya existencia está íntimamente ligada al mundo aeronáutico.

 

  • En el número 8 de ENARTE puedes encontrar el texto ganador del concurso: Diario de Raymond de Laroche de Agustín García Aguado.
  • Y en este enlace  puedes leer el relato accésit, Samuel de Guillermo Leguey Vitoriano.

 

The final countdown, de José Manuel García Durán

 

TEN

La primera vez que tuve conciencia de lo que era el vacío, fue gracias a un pimiento. Tenía cinco años y estaba en el campo del abuelo. Allí pasé los días más felices de toda mi vida, entre las vides y los surcos de la huerta, persiguiendo oropéndolas invisibles y cazando grillos. Dejando que un riachuelo, entre alisos y choperas, me explicara que la vida era como un río, y que dejaba de ser la misma a cada instante.

–Tú, mi niña, naciste dentro de una col –me decía el abuelo, cada verano, durante muchos años– justo después de la vendimia, mientras el mosto fermentaba en los barriles. Fuimos quitando las hojas de la col, una a una y, cuando quitamos las últimas, ¡allí estabas!, pequeñita, pequeñita, tapándote la cara con tus dos manitas porque te molestaba la luz...

El verano que cumplí cinco años, después de escuchar mis razonables dudas sobre la historia de la col, el abuelo me contó que, de vez en cuando, en la huerta crecían cosas raras. Fue entonces cuando me dio el pimiento. Aparentemente, era un pimiento normal, grande, verde y brillante. Pero, a la vez, era distinto; hacía ruido cuando lo agitaba, como si tuviera algo dentro.

–¿Qué será? –me preguntó. Y yo, me preguntaba lo mismo.

Me pasé todo el día agitando el pimiento, tratando de imaginar qué escondía. No estaba convencida de querer abrirlo y por eso me tomé mi tiempo. Finalmente, me pudo más la curiosidad que la prudencia, y lo aplasté con el pie, con cuidado, recelosa de lo que pudiera encontrarme. Una vez que cedieron las paredes verdes que ocultaban tan extraño secreto, las separé con mis dedos y, sobre una mesa, cayó una piedra rosa con forma de corazón.

Ningún otro pimiento tenía nada dentro. Todos estaban vacíos.

 

NINE

El abuelo conocía las propiedades de muchas plantas. En una alacena guardaba botes de cristal con semillas, raíces, hojas secas, aceites y ungüentos. Una de las plantas que más
llamaba mi atención siempre fue el diente de león. El abuelo solía comer sus hojas en ensaladas; decía que eran buenas para limpiarte el cuerpo de sustancias tóxicas.

Me explicó que regalar una flor de diente de león venía a ser como regalar un ramillete de cientos de pequeñas y diminutas flores doradas. Los ramilletes de flores se abrían por la mañana y se cerraban por la noche durante tres días consecutivos. Tiempo más que suficiente para que las flores fueran visitadas por abejas, moscas, mariposas y otros muchos insectos. Pasado este tiempo, la flor se convertía en una esfera perfecta de semillas aladas que se llamaban vilanos.

El abuelo decía que si cerrabas los ojos y soplabas, podías pedir un deseo que se cumpliría si no dejabas ningún vilano en la flor.

(Tan solo había que cerrar los ojos, soplar, y pedir un deseo, ¡parecía todo tan fácil!)

 

EIGHT

El abuelo se fue al cielo poco tiempo después de regalarme el corazón de cuarzo rosa. Dijeron que tenía una enfermedad jodida, algo parecido a que un bicho que se lo había ido comiendo por dentro. Pero yo sabía que no era cierto porque el abuelo comía muchas ensaladas de achicoria amarga, que era como los lugareños llamaban al diente de león.

Durante mucho tiempo pensé que si el abuelo se había ido, fue tan solo porque no deseé con las suficientes fuerzas que se quedara con nosotros cada vez que soplaba y los vilanos volaban.

El abuelo no volvió. Conforme pasaba el tiempo dejé de pedir deseos cuando soplaba un diente de león. Prefería pensar que cada una de las semillas aladas que volaban por el aire se convertían en los besos que no pude darle.

 

dientes de leon

 

SEVEN

Soltaba globos al cielo. Les ataba un papel con dibujos y palabras que quería decirle, los soltaba, y me quedaba mirándolos hasta que se hacían invisibles y se escondían detrás de las nubes. Imaginé que serían muchos los niños que harían algo parecido, todos aquellos cuyos abuelos se habían ido al cielo sin poder decirles todo lo que querían. Y pensaba que las nubes
serían de un tamaño u otro, según escondieran a más o menos globos de colores.

Mucho tiempo después, en la Facultad de Física, aprendí que las nubes no eran como las dibujábamos cuando éramos niños, que no eran pompas de jabón que flotaban en el cielo sino que, la gran mayoría, eran planas en su parte inferior. Todo tenía que ver con una línea imaginaria llamada termoclina, una especie de “línea fronteriza” que separa dos masas de aire a distintas temperaturas y que el vapor de agua que hay en el aire ascendente comienza a condensar al superar esa línea imaginaria (y real a la vez). Y es a partir de esa línea cuando comienza a formarse una nube. También aprendí que una nube no es otra cosa que la acumulación de miles de millones de diminutas gotas de agua que resultan de la condensación del vapor de agua sobre ciertas partículas microscópicas que flotan en el aire. Y podrán tener distintas formas y colores, estar a mayor o menor altura, pero todas se formaron a partir de esa
línea que no vemos pero sin la que sería imposible que existieran las nubes.

Bueno, lo de que no estaban formadas por globos, lo aprendí mucho antes, en el avión de vuelta del viaje que hicimos a Eurodisney.

 

SIX

Mamá era comandante de avión y pasaba mucho tiempo en el cielo. Cada vez que volvía de un vuelo le preguntaba si había visto al abuelo. Nunca me dio noticias suyas, pero me dijo
que el cielo estaba lleno de globos y yo confié en que el abuelo, tarde o temprano, se encontraría con alguno de los besos que le envié.

En el inmenso cielo, cualquier avión parecía un barco a la deriva. Y yo imaginaba que  mamá iba al timón de cualquiera de ellos.

Un día, mamá no volvió de su vuelo. En la televisión contaron que el avión desapareció de las pantallas y nunca se supo qué ocurrió. Durante varios días la noticia del avión desaparecido ocupó los titulares de los periódicos. Nunca entendí como un avión de casi cincuenta toneladas de peso podía desaparecer sin dejar rastro. Pero desapareció, y nunca más se volvió a hablar de ello, ni del avión, ni de las cientos de personas que con él desaparecieron, ni de mamá.

Comencé a volar cometas. A mamá tenía que decirles más cosas que al abuelo y no me cabían en una pequeña nota que enganchara en un globo. Yo misma las fabricadas con trozos de caña y un papel donde había escrito muchas cosas. Los días de viento subía a la “Roca del Águila”, el punto más alto del campo del abuelo, y soltaba hilo hasta que su extremo se
desenrollaba del todo y la cometa se perdía en la infinitud del cielo.

El cielo se estaba llenando de semillas aladas, de globos y de cometas, de preguntas sin responder y de los besos que no me dio tiempo a dar.

 

FIVE

Cuando se fue mamá, papá se quedó como un diente de león sobre el que alguien sopló y sólo hubiera dejado dos vilanos: su violín y yo. Quedó a la deriva, en un mar de nostalgia
donde no había tierra firme.

Me llevó a Eurodisney, intentando que los colores grises que coloreaban su vida no se posaran en la mía. Pero no se puede huir de todo. Nadie puede huir de su pasado ni de su sombra.

Lo que más me gustó del viaje fue montarme en avión. Estábamos muy pero que muy altos, tan altos que las nubes estaban por debajo de nosotros, como un mar en calma (no había ningún globo sobre las nubes, ninguna nota).

–Papá, ¿es muy grande el cielo? –le pregunté, sin dejar de mirar a través de la pequeña ventana del avión.

–Si que es muy grande, mi niña... –me explicó, a la vez que se asomaba a la ventanilla y contemplaba el mar de nubes.

–Entonces, no va a ser fácil encontrar a mamá y al abuelo.

Papá nunca más volvió a subirse a un avión.

avion-nubes

FOUR

Papá tocaba el violín. Antes de que mamá se fuera, tocaba melodías de todo tipo, incluso algunas bandas sonoras de mis películas favoritas. Fue él quien me explicó que la música no existiría sin el aire, que cualquier sonido necesita del viento para ser algo. Que hasta la misma voz, como onda sonora que era, necesitaba del aire para llegar a mis oídos

Desde que se fue mamá, comenzó a tocar cosas más tristes. Papá no lloraba delante de mí, pero lo hacía su instrumento. Creo que fue llenando de un vacío tan grande que no hubiera cabido en el cielo.

Y entendí que mamá era el aire que necesitaba su violín y también él mismo.

 

THREE

Y en un momento dado, alguien sopló y yo me fui con el viento.

A partir de ese momento todo pasó muy rápido. Casi a la velocidad de la luz. Y me sentí como un vilano en medio de un vendaval, zarandeada y confusa. Y conforme pasaron los años, dejé de ser una semilla alada para convertirme en una mariposa de vuelo errático.

Conocí a las amigas con las que pensaba que siempre estaría y terminé olvidando. Me posé en los labios de mis primeros amores y aquellos torpes besos se convirtieron en afiladas lágrimas que me subían desde el pecho y me provocaban tal dolor que sentía que moría, pero que después no dejaron cicatriz alguna.

Después de ser mariposa me convertí en pájaro y alcé el vuelo. Me convertí en una oropéndola invisible como las que perseguía en el campo del abuelo. Y papá tampoco podía encontrarme, por más que me buscara (aunque estuviera delante de él).

Pasaron los años muy rápidos y casi sin darme cuenta, me vi compartiendo piso con otras chicas en una ciudad que no conocía. Y la ciudad de entonces no era otra cosa que un inmenso cielo para alguien que había aprendido a volar.

En la universidad, además de lo que era una termoclina, aprendí que los globos de colores que le enviaba a mi abuelo con un mensaje explotaban al llegar a cierta altura. Confirmé que, tal y como mi padre me dijo en su momento, el cielo era muy grande, más grande de lo que jamás pude imaginar (pero no tan grande como para dar cabida al vacío que le había crecido dentro) y aprendí también que mirar a las estrellas es una forma de viajar al pasado pues, muchas de las estrellas que contemplamos cada noche son, en realidad, la luz que emitieron hace millones de años. Y aprendí que los recuerdos (como las sombras y la vida misma) pueden viajar a la misma velocidad que la luz.

 

TWO

Conocí a Jaume en el último curso de doctorado. No sabía tocar el violín, pero conocía el nombre de muchas constelaciones y estrellas que, a lo mejor, ya no existían, y cocinaba bien.

Me gustaba sentir sus labios en mi boca, y que me hiciera reír, algo importante cuando la vida transcurría a la velocidad de la luz.

Al poco de conocerlo, sentí que sería el hombre de mi vida. Me equivoqué, como tantas
otras veces.

Nos casamos (otro error), y quisimos formar una familia. No pudo ser. Durante un tiempo sentí que mi útero sería algo parecido a aquellos pimientos huecos del huerto del abuelo.

Finalmente, cada uno nos centramos en una vida donde el otro no tenía cabida. Nos convertimos en dos extraños, sentados a una misma mesa, sin nada que decirnos ni que contarnos, como si no hubiera aire entre nosotros y, por tanto, de nada serviría emitir sonido alguno. A poco más de un metro de distancia y, a la vez tan lejos, que la misma luz tardaría
millones de años en recorrer la distancia que nos separaba.

Nada quedaba de los sueños y del amor que nos prometimos bajo unas estrellas que, tal vez, hacía mucho tiempo que dejaron de existir. Estrellas que a lo mejor no eran otra cosa que miles de millones de vilanos de diente de león que alguien sopló alguna vez.

 

ONE

Ya no era noticia que una mujer viajara al espacio. Después de Valentina Tereshkova, en 1963, habían sido muchas las mujeres que lo hicieron.

Tenía un currículum brillante, había superado holgadamente las pruebas de aptitud física y acumulaba más horas de vuelo que cualquiera de los otros aspirantes. Así pues, recibir la notificación oficial de que sería la segunda de a bordo de la expedición, no fue ninguna sorpresa.

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ZERO

Una tremenda explosión y, después, una vibración furiosa. Parecía que la mano de un gigante hubiera cogido el enorme cilindro metálico y lo agitara con fuerza, como cuando yo buscaba alguna joya dentro de los pimientos del huerto del abuelo. Instintivamente me lleve la mano al cuello, buscando el colgante de cuarzo rosa. El traje y el guante me impedían tocarlo, pero sabía que estaba ahí, cerca de mi corazón, como siempre había estado.

Durante un tiempo que se me hizo eterno sentí que alguien tiraba de mí. Y después de un tiempo indeterminado que pudieron ser segundos o siglos, llegó el silencio. Un silencio que, a la vez hacía mucho ruido y que me traía todos y cada uno de los recuerdos que había vivido. Todo era oscuridad, una oscuridad densa y pegajosa, como hecha de miel; tan solo interrumpida por miles de millones de puntos que brillaban y que, en lugar de estrellas que a lo mejor dejaron de existir, pudieran ser las semillas aladas de diente de león que soplaran los niños esperando que se les cumplieran sus deseos.

Y allí, en medio de la nada, pensé en mamá y en el abuelo, y entendí entonces que nunca se fueron al cielo y que siempre estuvieron dentro de mí. Pensé también en papá y en que su violín no emitiría sonido alguno en el espacio. Pensé en Jaume y en el espacio vacío de aire que se había colado entre nuestros labios.

Cerré los ojos y lloré. Y mis lagrimas no corrieron por mis mejillas, sino que se fueron hacia arriba, hacia el cielo del cielo. Y allí, rodeada de oscuridad y silencio, me sentí feliz y en paz. Y sentí que flotaba en el interior de un vientre fecundo; y que los recuerdos de lo que había sido me iban cubriendo y ocultando, uno sobre otro, como si fueran las hojas de la col donde el abuelo decía que había nacido.

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