‘Nada que declarar’ de Isabel Chozas, relato finalista de la IV edición de ‘Te lo cuento en el aire’

‘Nada que declarar’ de Isabel Chozas, relato finalista de la IV edición de ‘Te lo cuento en el aire’
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Ya puedes leer el relato finalista del IV Concurso de Relato Breve ‘Te lo cuento en el aire’: Nada que declarar de Isabel Chozas. Una historia que busca visibilizar la terrible situación a la que se enfrentan las mujeres maltratadas.

  • En este enlace puedes leer el relato ganador Una vida en el aire, de Elena Morán San Juan.

 

Nada que declarar de Isabel Chozas

 

Aeropuerto de Barajas, Madrid. En el banco de al lado un hombre mira su reloj. Recoge su mochila y se marcha. Me quedo sola en mi banco, frente al aseo de señoras. Intento sacudir el extraño sopor que se ha infiltrado en todo mi cuerpo como una bruma. No entiendo cómo he podido quedarme dormida. Pero todavía es pronto. Procuro no perder de vista las puertas de entrada al recinto. A través de los cristales comienza a colarse una luz tenue, débil. Ya está amaneciendo, estará a punto de llegar, pienso. Espero.

Un taxi aparca en la puerta y una mujer se baja. Puede ser ella, pero casi no la reconozco con ese vestido de flores y esas grandes gafas de sol que le cubren la mitad del rostro. Saca la billetera para pagar al taxista. Luego espera a que este abra el maletero del coche y le entregue su maleta. Por la forma de moverse me parece que es ella, pero no estoy segura. Las puertas automáticas le abren el paso al interior del aeropuerto. Entra, se quita las gafas, y entonces ya no me queda ninguna duda.

Desde mi posición, un poco alejada, la sigo con la mirada. No puedo creer que lo haya hecho, que se haya decidido a venir. Tirando de su maleta se acerca hasta uno de los mostradores que se suceden en hilera a lo largo del pasillo. Habla con la empleada de la agencia de viajes que acaba de abrir la ventanilla. Es su primer cliente de hoy. No alcanzo a escuchar lo que le dice, pero intuyo que estará comprando un billete para volar hacia algún país lejano. Puede que haya decidido conocer Australia, sabe que allí tiene familia, aunque nunca la ha visto. O puede que le esté pidiendo uno para la India, ella siempre soñó con ir a la India y bañarse en el río Ganges a la salida del sol. Tienen que esperar a que se encienda el ordenador. Mientras tanto, la empleada le toma los datos a mano. Ella se atusa el pelo, y en un momento que se gira puedo ver su cara con más claridad. Ella no me ve, está a otra cosa. Se ha pintado los labios de rojo, como en las grandes ocasiones. Buena señal, eso es que está decidida a marcharse. Por fin ella acerca su tarjeta de crédito al datáfono y la empleada le entrega el billete. El billete a la libertad.

Con paso firme se dirige al lugar donde le han informado se encuentra uno de los paneles que anuncian las próximas salidas. Se sitúa frente al panel para buscar su vuelo. Ahora estamos más cerca, casi puedo sentir lo que ella siente, su excitación, pero sigue sin advertir mi presencia. Soy completamente invisible para ella, como si fuese parte del decorado del aeropuerto. Mejor así, lo prefiero. Prefiero que no me vea, intuyo que sería capaz de matarme si pudiera.

Barajas, Madrid. Pedro Novales.

Autor: Pedro Novales.

Localiza su destino y comprueba en el billete que el número de vuelo coincide con el que está anunciado en el panel. No hay ninguna salida hacia la India para las próximas horas, así que imagino que se habrá decidido por Australia. Es un boeing 777 y tendrá que hacer escala en Catar. Pero no la importa, no tiene ninguna prisa por llegar, de hecho, ahora ya no tiene prisa por nada. Lo importante es que se va de aquí y que él no podrá encontrarla.

Aún tiene tiempo para tomarse un café. Seguramente en casa no habrá desayunado. Imagino que anoche, antes de que él llegara, haría su maleta y la escondería en el armario de la entrada. Luego cogería todo el dinero que guardaba en la cajita de música y lo metería en el bolso junto al resto de sus cosas. Y seguramente muy temprano, aún de noche y mientras él dormía, se habrá marchado sin hacer ruido. Hace años que lo tenía todo planeado. Se nota que no está tranquila, no lo estará hasta que esté dentro de ese avión. Se ha sentado en una cafetería y ha pedido café y una tostada, pero no deja de mirar hacia la puerta. Teme que él haya adivinado sus intenciones y venga a buscarla.

Ahora yo me siento en otro banco desde el que pueda seguir observándola sin llamar su atención. Me fijo en su mano derecha cuando inclina la taza para tomarse el café, y descubro con estremecimiento que ya no lleva el anillo de casada. Desde mi posición casi puedo ver la marca que le ha dejado en el dedo. No creo que lo haya tirado, lo llevará en el bolso y tratará de venderlo cuando llegue a Australia. Puede que al final consiga sacarle algo bueno a ese anillo después de todo.

El aeropuerto respira ebullición a esta hora de la mañana. Atrás han quedado las primeras luces del alba y ahora todo tiene un color más claro. El día avanza inexorable sobre la marabunta de gente que viene y va de un lado para otro. Me invade un sentimiento contradictorio y frío que me oprime el pecho. Apenas puedo respirar. La miro a ella, resuelta, valiente, confiada, decidida a terminar con todo de una vez y comenzar una nueva vida, pero casi instantáneamente una punzada de miedo me atraviesa el estómago. Sé que no debería estar aquí, y que cuanto más tarde en regresar a casa será peor, pero no puedo dejar de mirarla. Por eso llegué anoche hasta el aeropuerto y no me quedé en el parque como otras veces. Necesito cerciorarme de que será capaz de coger ese avión, comprobarlo con mis propios ojos. Me río, con una risa pastosa y dulce que trasciende a lágrimas lejanas. No sé qué está pasando, ni por qué sigo haciendo esto. Siento hambre al verla comerse la tostada, pero anoche, con las prisas, olvidé coger mi monedero.

Una niña se ha sentado a mi lado. Su madre le ha dicho que la espere aquí sin moverse mientras se come un plátano. El olor del fruto me abre aún más el apetito y esto hace que comiencen a sonarme las tripas. La niña escucha la resonancia de mi estómago vacío desde la otra esquina del banco y me pregunta si quiero un pedazo. No, muchas gracias, es que me suenan siempre, le digo. La niña se encoge de hombros y mira para otro lado.

Ella se termina el café. Vuelve a agarrar su maleta y ahora camina decorosa e invencible hacia la zona de control de equipajes. Me levanto y la sigo a distancia, camuflada entre el reguero de gente que deambula por el aeropuerto como una procesión de espejismos a través de mi retina. Me sitúo detrás de una columna de hormigón. Ella se coloca la última de la fila que espera para el registro. Mientras avanza despacio aguardando a que llegue su turno, envía un mensaje con su teléfono móvil. Quizás sea para su madre, no tiene a nadie más. Desde mi posición puedo observar cómo se la encharcan los ojos cansados, tumefactos por tanta tristeza derramada. Con la mano enérgica se seca una lágrima que le resbala por la mejilla; se seca la última lágrima.

“Llamada para el vuelo del boeing 777 destino Sidney. Por favor, los pasajeros con destino Sidney, diríjanse a la puerta de embarque número 9”. Ella comprueba la hora en su teléfono y acto seguido emite un leve suspiro. Tranquila, no hay prisa, todavía queda tiempo, se dice. Luego mira a su alrededor, y se asegura una vez más de que él no la ha seguido. En esa barrida me ha visto tras la columna, pero no me ha reconocido. No me extraña, ni siquiera yo me reconozco.

Al fin llega su turno. Le dicen que ha de quitarse los zapatos y que abra la maleta. Ella obedece y le muestra toda su vida a un guardia de seguridad. ¿Algo que declarar? No sabe qué contestar a esa pregunta y dice que no. La miro por última vez mientras ordena de nuevo en la maleta sus pertenencias. Una gota de sudor le resbala por la frente mientras lo hace. Puedo sentir su enardecimiento, su zozobra, sus dudas, su miedo. Cierra la cremallera, vuelve a poner la maleta en el suelo y la toma por el asa. Con paso firme y decidido emprende el camino hacia la puerta de embarque número 9 y, como la sombra de una promesa, desaparece de mi vista para siempre.

Autor: Martin Jernberg.

Salgo del aeropuerto deprisa, casi corriendo. Tengo que llegar a casa antes de que él se despierte. Me subo al autobús que me devolverá a la realidad en poco más de veinte minutos. A través de la ventanilla puedo distinguir un boeing 777 que acaba de despegar, y me quedo con la mirada clavada en él hasta que su rastro se pierde en el cielo.

Al entrar en casa procuro no hacer ruido. Voy directamente a la cocina y pongo la cafetera. A mí también me vendrá bien un café antes de llevarle el desayuno. Parece que aún duerme porque escucho sus ronquidos. Esta vez he tenido suerte, pienso. Me quito los zapatos y trato de recordar si quedará algo de pan de ayer en la alacena. Entonces él se despierta y me llama. Me acerco hasta la cama y me ordena que abra la ventana y que me acueste a su lado. Solo cinco minutos, dice, y yo obedezco, como siempre.

Cuando escucho el café hirviendo en la cafetera me levanto y vuelvo a la cocina. Le preparo el desayuno y se lo llevo a la cama. Luego recojo su ropa tirada en el sofá y la meto en la lavadora. Hoy ni siquiera me ha preguntado si he dormido aquí. Ya le da lo mismo que me vaya cuando él llega con ganas de bronca como anoche. Sí, anda, vete que prefiero no verte, me grita. Entonces sé que si me quedo será peor. Y yo también prefiero irme donde no tenga que aguantarle, que aguantar su ira. No sé qué es lo que he hecho para que me odie de este modo, la verdad es que ya he dejado de preguntármelo. Puede que haya sido por no haber tenido hijos. No lo sé. Ojalá lo supiera. Pero yo le quiero ¿Le quiero? No, ¡qué le voy a querer! Ya no. Antes sí, pero ya no…

Recojo la mesa con los restos de su cena y vacío el cenicero repleto de colillas. Mientras tanto él se da una ducha y al terminar, me pide unos calcetines limpios y que le planche su camisa azul. Se la plancho sin rechistar porque no quiero discutir, no voy a discutir nunca más, ya me cansé de hacerlo. El olor amaderado de su perfume me llega desde la habitación. Detrás sale él, coge las llaves y se va sin decir adiós ni si volverá para comer. De nuevo me sumerjo en el silencio de mi soledad, y con esta vieja y conocida perspectiva me derrumbo sobre el sofá.

¿Qué estoy haciendo aquí? No recuerdo cuándo me metieron en esta cárcel, ni cuál fue mi delito, ni quién me condenó a esta cadena perpetua. Me cubro el rostro con las manos y el anillo de casada se me engancha en uno de los agujeros de la la nariz, provocándome un dolor que me revela automáticamente todas las respuestas. Lo saco del dedo para ver lo que lleva grabado en su interior. Las lágrimas en los ojos solo me permiten una visión borrosa del nombre del culpable y de la fecha en la que comenzó mi condena. Contemplo la marca que me ha dejado en el dedo y de pronto lo comprendo todo.

Con la mano enérgica seco mis lágrimas, las últimas lágrimas. Voy a la cocina y por fin me tomo un café y una tostada. Después me doy una ducha, saco la maleta del armario de la entrada, me visto y cojo el dinero de la caja de música. Al verme reflejada en el espejo con el vestido de flores y con los labios pintados de rojo, se me escapa una sonrisa. Siempre me sentó bien ese color. Repaso el contenido del bolso, guardo el anillo y me aseguro de que dentro estén también la tarjeta de crédito y las gafas de sol. Del bolsillo interior saco las llaves de casa y las dejo sobre la mesa, ya no las voy a necesitar.

Alzo la mano y detengo al primer taxi que veo pasar para que me lleve al aeropuerto. Una vez allí, me dirijo al mostrador de la agencia que ofrece viajes a la India. Sale un vuelo para Nueva Delhi dentro de dos horas, me dice la empleada. ¿Quiere un billete? Cinco segundos son suficientes para armarme de valor antes de contestar: Sí, siempre soñé con ir a la India y bañarme en el Ganges a la salida del sol.

 

 

 

Autor foto portada: Varun Tandon.

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