‘La maleta’, relato finalista de la II edición de ‘Te lo cuento en el aire’

‘La maleta’, relato finalista de la II edición de ‘Te lo cuento en el aire’
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Ya puedes leer el relato finalista del II Concurso de Relato Breve ‘Te lo cuento en el aire’: La maleta de Fernando J. Gallego González. Una emotiva historia que se desarrolla en la terminal de llegadas de un aeropuerto parisino. En el número 6 de ENARTE puedes encontrar el texto ganador del concurso: OVO de Guillermo Cubillo Blasco.


La maleta, de Fernando J. Gallego González

 

Todos los pasajeros habían recogido su equipaje. Todos menos yo. Sólo quedaba una vieja maleta de cuero marrón, yaciendo sobre una cinta que giraba y giraba como un carrusel diabólico cuya boca se negaba a escupir mi equipaje. Allí estábamos, aquella maleta y yo, mirándonos como dos perros abandonados a ambos márgenes de la autovía. Con lástima, convencidos de que sería el otro quien moriría atropellado.

Maldije el momento en que el tripulante de cabina me advirtió de que no quedaba espacio en los compartimentos y debía facturar la maleta. Veinte horas de vuelo en vuelo y una oportunidad truncada por culpa de algún desidioso operario. Llevaba al menos una hora esperando. Estaba agotado. Habría ido al hotel a descansar para regresar al día siguiente, de no ser por que necesitaba mi trompeta para la audición. El último cartucho para conseguir cumplir un sueño que se había convertido en una pesadilla desde el día en que mi abuela enfermó. “Estamos malditos por la música” su frase favorita junto a “Qué narices pinta un negro tocando Jazz en París”. La pobre nunca superó que mi abuelo nos abandonara.

Fue en esa maraña de pensamientos, donde empecé a enfurecerme.

-¡A saber en qué ciudad ha terminado mi equipaje! – me lamenté.

Al otro lado de la sala, alguien advirtió mi malestar. Un señor de avanzada edad que, a juzgar por su atuendo, debía ser un empleado del aeropuerto. Se acercó con paso lento pero firme. Se trataba de un tipo pálido y flacucho, de escaso pelo blanco y con un parche de cuero negro en su ojo derecho. Pese a que venía ofreciéndome una cálida y entrañable sonrisa, fui a su encuentro dispuesto a zanjar el asunto.

– Bonne nuit, monsieur-dijo mientras me acercaba.

Su voz era reconfortante. Casi paternalista. Enseguida me di cuenta de que habían cometido un error y mandaron al más viejo del lugar pensando que me ablandaría. Muy astutos.

– ¡Han perdido mi maleta!

– ¿Su maleta?-repitió con marcado acento francés.

– ¡Genial! Encima no habla mi idioma.-dije convencido de que el viejo no entendía una palabra.

– Au contraire monsieur, claro que hablo su idioma- lejos de mostrarse ofendido, seguía sonriendo-usted ha perdido su maleta, ¿no es cierto?

Miré la placa en su uniforme para leer su nombre en ella.

– No, Alain. No me ha entendido. ¡Son ustedes los que la han perdido!

– Entiendo. Digame, ¿cual es el origen de su vuelo?

– Nueva Orleans.

– Très bien. Sígame por favor. Lo acompañé unos metros hasta que se detuvo

– Esta es. Cinta dieciséis, monsieur.

– Ya sé cual es la cinta. Se leer la información de los monitores. ¡Muchas gracias!

– Je vous en prie, Monsieur-inclinó la cabeza a modo de reverencia y se dio media vuelta.

Mil demonios comenzaron a subir desde mi estómago. Tratando de contenerlos, respiré hondo y puse la mano en su hombro para retenerlo. Me devolvió la mirada y, aunque parecía confundido, no abandonó su actitud amable. Me esforcé por modular el tono de mi voz y cambié de estrategia tratando de tocar la fibra del empleado.

– Discúlpeme señor. Se lo ruego. Llevo aquí una hora y mi maleta no aparece. Mañana tengo una audición muy importante. ¡La necesito!

– Claro que sí, monsieur. Se puso a mi lado y se quedó mirando la serpenteante danza infinita de la cinta transportadora. No hizo nada más. Tan sólo sonreía como un niño que contempla un tren de juguete circular por primera vez. La situación era surrealista. Comencé a cuestionarme si ese hombre no era más que un loco que hubiera amordazado al pobre Alain para quitarle su uniforme.

-Voilà, su maleta monsieur-dijo señalando la cinta.

El alivio que sentí se torno amargo al instante, como si hubiera dado un trago al café después de confundir la sal con el azúcar. No era mi equipaje, era aquella vieja maleta abandonada. Fue entonces cuando me rendí.

– Esa no… no es…!mierda!- cerré los ojos y suspiré consternado- ¿Sabe qué? Déjelo. Debí hacer caso a mi abuela. La familia está maldita.

– ¡Mon Dieu! Exagera, monsieur. Tenga paciencia, su maleta aparecerá.

– ¡Al cuerno! Venir hasta aquí ha sido una estupidez. Encima la pieza que he compuesto es basura.

– Basura o no, usted tiene una audición.

– Pero no tengo maleta -concluí con ironía.

– ¿Sabe? Llevo cuarenta y siete años en esta profesión. He visto millones de maletas. Depositarias de sueños e ilusiones. Tienen vida propia. Voluntad propia diría yo. No tenía la cabeza para escuchar las absurdas fantasías de un viejo mozo de equipajes.

El alivio que sentí se torno amargo al instante, como si hubiera dado un trago al café después de confundir la sal con el azúcar. No era mi equipaje, era aquella vieja maleta abandonada. Fue entonces cuando me rendí

-Sí, sí. Muy interesante todo pero debo irme. Por favor, si encuentra mi maleta llámeme a este número-lo anoté en un trozo de papel y se lo entregué.

– El temporal ha provocado la cancelación de todos los vuelos, el suyo fue el último. A estas horas y con las carreteras heladas dudo que encuentre un medio de transporte ahí fuera,

-¡Genial! – maldije nuevamente antes de sentarme en el banco junto a la cinta. Ahí me quedé, con la mirada puesta sobre aquella maleta abandonada. Tan abandonada como yo.

– Espere aquí. Veré que ha pasado con su equipaje, monsieur. Al cabo de un rato volvió con dos vasos de cartón.

– Tenga, café con leche caliente. Le sentará bien -alcé las manos para asir la bebida forzando una mueca de gratitud.

Alain se sentó a mi lado. Daba pequeños sorbos y seguía mirando la cinta con aquella estúpida sonrisa. Feliz sin motivo aparente. Después de todo, parecía que sus modales no eran fingidos. “Cuarenta y siete años de insulsa, tediosa y mecánica profesión. Posiblemente, aguantando a tipos como yo a diario. Gente que descarga su frustración sobre la única persona que daba la cara. ¿Cómo podía mantener esa sonrisa?”. Entonces, me sentí como un imbécil. Tratando de enmendarlo, intenté ser simpático con él. Darle conversación y de paso, matar el tiempo y la curiosidad.

-Yo no podría trabajar en un sitio así – en mi cabeza no sonó tan mal, hasta que me oí. Alain musitó una risa y me miró con su ojo bueno.

-Eso mismo pensé yo mi primer día. Yo quería ser piloto. ¡Piloto! – hizo una pausa para señalar con orgullo el parche de su ojo derecho -¡con este ojo de halcón!

A la risa por su propia burla le siguió un silencio que se me antojó eterno. Por fortuna, Alain siguió hablando. Lo hizo con el tono de voz de un curtido soldado que se disponía a narrar una épica batalla, de esas que deja atónita a la audiencia. “¿Qué interés podían tener las historias de un tipo como aquel con una profesión como aquella?”

Atrapado por el temporal, no tenía nada mejor que hacer, ni un sitio en el que esconderme, así que lo escuché con fingido interés.

“De pequeño me apasionaban los aviones, dedicaba horas a fabricar y colorear pequeñas réplicas de mis aviones favoritos: El Fokker del Barón Rojo, el Spirit of St. Louis o el Bell X-1 entre otros. Soñaba con pilotar alguno de esos viejos cacharros.

El día que perdí el ojo sentí como si me hubieran arrancado las alas. La vida. Las ganas. Apenas comía y pasé días encerrado en mi cuarto hasta que mi madre me dijo algo que me hizo recapacitar: “La belleza de un avión alzando el vuelo no puede verse desde el interior de la cabina”. En ese momento no me consoló demasiado, pero con el tiempo comprendí lo que quiso decir.

Decidí probar suerte en tierra. Al fin y al cabo, es ahí donde empieza y termina la vida de un avión. Mi trabajo me hizo ver el impacto que tiene la aviación en nuestro mundo. Hemos hecho magia. La inmensidad del planeta reducido al tamaño de una canica. Ahora, podemos medir la distancia en horas en lugar de en kilómetros. Todos los días tendemos puentes entre naciones, culturas, etnias y religiones. Y las vidas de los viajeros encerradas en una maleta. Todas ellas, desde la más insignificante hasta la más ostentosa, guardan una historia en su interior. Mi objetivo es encargarme de que las maletas extraviadas lleguen a su legítimo propietario. Que cumplan su cometido, como piedra angular de un final feliz. Podría contarte la historia del joven brasileño que invirtió todos sus ahorros en un anillo de compromiso y un billete de avión para pedir la mano de la que hoy es su esposa. Cuando se la devolví, sus ojos se iluminaron como los de un bucanero al abrir un cofre lleno de joyas y doblones de oro. La del anciano chino, que traía un Bai Jia Bei o edredón de los cien buenos deseos, fabricado con trozos de tela de los miembros de su familia y que venía a entregarlo a su hija, por el nacimiento de su primer nieto. O la de la mujer senegalesa, que traía las cenizas de su padre, de origen francés, para esparcirlas por el río Sena, tal y como le pidió en su lecho de muerte. ¿Cómo no voy a adorar este trabajo? Si me ha dado la oportunidad de darme cuenta de que, ni el mundo es tan grande, ni somos tan distintos. Nosotros somos las alas que permiten a los sueños llegar a su destino.”

“La belleza de un avión alzando el vuelo no puede verse desde el interior de la cabina”. En ese momento no me consoló demasiado, pero con el tiempo comprendí lo que quiso decir

Alain hizo una pausa para secarse una lágrima que escapó de su ojo. Y por primera vez, dejó de sonreír.

“Estos cuarenta y siete años he conseguido entregar hasta la última maleta extraviada, tal y como me prometí aquel triste 10 de diciembre de 1958, cuando se extravió la única maleta que no pude entregar a su propietario.”

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Empezó en los tobillos y acabó en mi nuca. No podía ser casualidad. Esa fecha era parte de la maldición familiar. De la historia de cómo mi abuelo nos abandono cuando vino a París en busca de una oportunidad para mantener a su familia. La que me contaba mi abuela para disuadirme cada vez que le hablaba de mi sueño. El sueño que me había traído hasta a ese aeropuerto.

– ¿Monsieur?- dijo Alain rescatándome del pantano de mis pensamientos-Su maleta.

Allí estaba, circulando junto a aquella vieja maleta abandonada. Me levanté y la recogi con desgana.

– Le deseo mucha suerte, monsieur-se despidió.

Debía estar emocionado o por lo menos satisfecho, pero no podía dejar de pensar en aquella historia inconclusa. Quise dar un último trago al café pero el vaso estaba vacío, tan vacío como había quedado mi espíritu al recordar a mi abuelo.

– Disculpe, Alain. – Lo interrumpí antes de que se marchara-Esa maleta, la que nunca entregó, ¿sabe a quien pertenecía?

-Sigue nevando así que supongo que tenemos tiempo-respondió mientras miraba a través de los ventanales.

“Ocurrió en esta misma sala, un día como hoy, el 10 de diciembre de 1958. París sufría la peor ola de frío que recuerdo. Dos pasajeros se llevaron el equipaje del otro por error. Lo supe al día siguiente, cuando un trotamundos me entregó la maleta advirtiéndome de la confusión. Hice algunas llamadas hasta que di con su propietario. Desgraciadamente, había fallecido en las calles de París víctima de la helada. La policía no estaba muy interesada en gastar recursos por un joven al que se refirieron como “un pobre indigente de color”. El trotamundos vino a verme después de recoger su maleta de comisaría. Juntos, intentamos dar con algún familiar del fallecido, pero desafortunadamente no teníamos los medios de los que disponemos hoy. Aquel trotamundos resultó ser Jean Paul Saint-Saëns, un importante promotor musical, descendiente del famoso compositor Charles Camile Saint-Saëns. Nunca supimos si fue él quien se confundió de maleta, o fue el otro viajero quien se llevo la suya. Lo cierto es que Jean Paul se sentía responsable de la desgracia. Quiso correr con los gastos para que el joven tuviera un entierro digno y me invitó a que pronunciara unas palabras en su funeral. Desde entonces, forjamos cierta amistad y todos los años nos reunimos por estas fechas para visitar la tumba donde descansan sus restos.

Ese fue mi primer día de trabajo, un trabajo que amo, pero que ese día odié con toda mi alma y me prometí que no descansaría hasta encontrar a sus legítimos herederos. Con el tiempo fui perdiendo la esperanza, hasta hace unos meses. Di con él gracias a un foro donde varios compañeros de profesión de todo el mundo intercambiamos información. Una joven promesa del Jazz que reside en Nueva Orleans. Cuando le di la noticia a Jean Paul, movió algunos hilos, compro un billete de avión y se lo envió por correo junto con una invitación para asistir a una audición. Una oportunidad para tocar en el mejor club de Jazz de París si demostraba ser lo suficientemente bueno. Y aquí estamos ahora. Usted, yo y una vieja maleta de cuero marrón abandona en la cinta dieciséis.”

No sabría explicar muy bien como me sentí pero diría que el Hoodoo – la magia maldita – abandonaba mi cuerpo en ese mismo instante. ¿Estaba hablando de mi abuelo? Parecía que Alain estaba convencido, por eso recibí la invitación. Tampoco estaba seguro de si era peor que nos hubiera abandonado o que estuviera muerto. En esos momentos mi cerebro se convirtió en un estrecho callejón lleno de socavones. Tardé en deshacer el nudo que tenía en la garganta. Sabía a agua de mar. Puede que por las lágrimas que quedaron atrapadas en la comisura de mis labios. Finalmente recuperé el habla, pero no supe que decir. Tan sólo se me ocurrió una pregunta.

-¿Qué contiene la maleta? – balbuceé entre sollozos.

– ¿Cómo voy a saberlo, monsieur? Tendrá que abrirla.

– Esa maleta lleva con usted cuarenta y siete años. ¿No ha mirado el contenido?

-¡Mon Dieu! No podría abrirla. Tengo la estúpida idea romántica de que, si la abro, los sueños que contienen saldrán volando de la misma forma que llegaron hasta aquí.

Permanecí sentado. Reflexivo. Tenía miedo a una nueva decepción. A que siguiera maldito.

-¡A que demonios esperas chico! Ve a la cinta, coge la maleta y ábrela de una vez. Si no lo haces por ti, hazlo por este pobre viejo que necesita terminar con esto para jubilarse en paz.

Cogí la maleta, la lleve junto a Alain y la puse en el suelo antes de abrirla. Él, la contemplaba como un padre viendo a su hija el día de su boda. A mi, me sudaban las manos. Mis dedos resbalaban por las cintas de cuero como si estuvieran cubiertos de manteca. Finalmente conseguí sacar los cierres de la hebilla. Una vez más quedé bloqueado.

– ¿Y si no es la suya?-susurré sujetándola con ambas manos.

-¡Abrela! – exclamó Alain quien me propinó un fuerte manotazo en la espalda.

Mis manos se alzaron instintivamente por el sobresalto y la maleta quedó abierta desvelando su añejo contenido. Una fotografía con tonos ocre, mi abuelo sosteniendo un bebé recién nacido en brazos junto a mi abuela. Una vieja trompeta entre algo de ropa, setenta dólares y una partitura: “Aires del sur”.

Entre el público, Jean Paul y Alain me miraban expectantes. Yo, sobre el escenario, me disponía a cumplir un sueño. Uno cuyas alas quedaron atrapadas en una maleta que había surcado los cielos desde Nueva Orleans hasta París cuarenta y siete años atrás. Alcé la vista y, antes de tocar la primera nota, dedique la pieza a su autor: “Va por ti, abuelo”.

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