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REVISTA ENARTE #4, Cultura aeronáutica
Turbulencias

Turbulencias



Por Ana Santos

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“No, no, no por favor, ése no” murmuro mientras veo avanzar por el pasillo a un señor como un armario de dos puertas. Pienso lo mismo sobre un veinteañero cargado de trastos y una madre que parece pedir perdón de antemano con un bebé lloroso en brazos. La perspectiva de pasar las próximas 12 horas sentada al lado de cualquiera de ellos no me seduce lo más mínimo.

 

Imagino que no soy la única que cuando entra en un avión solo puede pensar en quién va a ser su compañero de viaje. Sí, ya lo sé, solo es una persona con la que probablemente no cruce más de dos frases pero también un desconocido junto al que comeré, dormiré, leeré... Llámenme maniática si quieren pero este momento siempre me inquieta.

Con las puertas ya casi cerradas aparece como de la nada un señor que me da sonriente los buenos días mientras coloca una pequeña bolsa debajo de su asiento. Mediana edad, complexión normal, rostro agradable... Ya me había hecho ilusiones de viajar sin compañía pero, siendo objetiva, no me puedo quejar.

—“Nos espera un viaje largo, ¿eh?”, dice cuando ya llevamos un buen rato en el aire.

—“Pues sí. Unas 11 horas creo”, respondo sin ni siquiera mirarle.

—“¿Es la primera vez que viaja a Los Ángeles?”.

—“Sí”.

—“¿De vacaciones o por trabajo?”.

—“Voy a visitar a una amiga que vive allí”.

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No sé por qué le he dicho eso pero es lo primero que me ha venido a la cabeza. La verdad es que no he pensado mucho en qué voy a contar cuando me pregunten qué me trae a California pero no me preocupa, soy buena improvisando. Incluso disfruto fabulando sin tener necesidad de hacerlo. A veces me cambio de nombre y de profesión o me invento que tengo dos hijos esperándome en casa. Pero ahora no me queda otra que echarle imaginación. No se trata de ir explicando por ahí que hace un par de días debería haberme casado si no fuera porque mi novio se echó para atrás un mes antes de la boda. Vamos, que me plantó y anuló el compromiso. Dicho así queda un poco antiguo pero, resumiendo, ése es el titular. A nivel logístico no fue un desastre; nos casaba un amigo en el ayuntamiento de un pueblo de Ávila y solo eran unos 40 invitados a los que habíamos convencido para que no nos regalaran nada. Creo que mi ex tuvo que desembolsar algo por el catering y los anillos y en mi armario cuelga un vestido blanco, bastante insulso por cierto, que acabaré vendiendo en una web de segunda mano aunque esté sin estrenar. El viaje de novios ya lo habíamos pagado y esa es la razón de que yo esté hoy aquí sentada al lado de un señor que no deja de echar cabezadas en vez de compartir mantita y arrumacos con Mario.

—“¿Pollo o pasta?”, me pregunta de repente una azafata.

—“Nada. Solo vino tinto”.

Este es otro de mis rituales en los vuelos largos. Hace tiempo que dejé de comer lo que sirven en los aviones y siempre llevo una bolsa llena de sándwiches y todo tipo de porquerías para matar el hambre y las ganas de fumar. Lo primero lo consigo, lo segundo a duras penas.

—“¿Quiere uno?”, pregunto a mi acompañante por cortesía.

—“No gracias. Veo que es usted bastante previsora”, responde.

La verdad es que sí, “una virgo de manual” como suele recriminarme una amiga aficionada a esto de los astros, pero esta escapada va a ser una excepción. Me esperan dos semanas en las que no tengo ni la más remota idea de lo que voy a hacer. Bueno, no tanto. Sé el itinerario porque hace tiempo que alquilé un coche y reservé los hoteles, pero poco más. Pasaré cinco noches en Los Ángeles, una en Santa Bárbara, otra en Carmel, tres en San Francisco, una en Three Rivers y dos en Las Vegas. Lo típico que hacen las parejas de enamorados que recorren California. Con la diferencia de que yo lo haré sola y con un pésimo sentido de la orientación –eso era el negociado de Mario– pero en estos momentos lo último que me preocupa es perderme porque ya lo estoy. De hecho, tomé la decisión de hacer este viaje hace solo una semana para tratar de salir del hoyo. Y porque detesto tirar el dinero, lo reconozco. Tomé la precaución de contárselo a mi ex, vía mail, por si a él se le ocurría la misma insensatez. Obviamente, ni se le había pasado por la cabeza. Todo el mundo me decía que estaba loca, que esto en vez de una catarsis es una huida hacia delante que puede acabar como Thelma & Louise. Y tal vez tengan razón, pero no podía soportar ni un minuto más las miradas de “pobre Ana” que veía hasta en sueños.

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Parece que a nadie le extrañó que la boda hiciera aguas tanto como a mí. Lo que suele pasar en estos casos, según dicen. Yo, que me las doy de lista e intuitiva, no lo vi venir. ¿Que Mario llevaba una temporada especialmente taciturno? Quizá, pero siempre tuvo ese punto de metido para dentro que formaba parte de su encanto. Según él, después de tres años juntos, no lo tenía claro. Me lo dijo a los postres de una cena presuntamente romántica y no le pedí más explicaciones. Como cuando tu primer novio te decía que quería pasar más tiempo con sus amigos; para mí era suficiente. También fui la primera sorprendida al comprobar que casi nadie lamentara la ruptura. O al menos, no excesivamente. Mi madre, qué raro, fue la más directa. “Aunque ahora no lo veas así, tal vez sea lo mejor. Él no era la persona indicada para ti”. Mensaje recibido.

—“Perdone, ¿me deja pasar?”, pregunto ya puesta en pie.

Llegados a este punto necesito un whisky que me ayude a aletargarme. Camino de la cola, compruebo que reina una sorprendente calma. Alguien debería explicarme por qué la gente duerme tanto en los aviones. Da igual la hora que sea. Parece que echan somníferos en la comida o que las preocupaciones se diluyeran en el viciado aire que se respira en estos aparatos. Justo lo contrario que me ocurre a mí.

—“Le recomiendo Tres anuncios en las afueras”, me dice mi compañero cuando me ve trastear con la pantalla.

—“Gracias, pero ya la he visto”.

—“Qué buena es esa actriz, Frances...”.

—“McDormand. Sí, es increíble”.

—“Me encanta el cine. Y mi hija ha salido a mí. Se vino hace años a estudiar a Los Ángeles y trabaja en una productora. Acaba de ser madre y voy a conocer a mi nieto, es el primero que tengo”.

—“Enhorabuena”, respondo tentada de preguntarle algo más, pero me contengo.

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La primera regla para que no te amarguen un viaje es no dejarte llevar por la curiosidad. Cero empatía. “¿Es su única hija?” o “¿cómo se llama el bebé?” y acaba contándote su vida. Y bastante tengo yo con la mía. Prefiero pasar el rato viendo una de esas películas intrascendentes que yo califico de “perfectas para planchar”. Te puedes concentrar en las arrugas y, aún así, no te pierdes nada. A Mario le ponía de los nervios que sintiera un tirón inconfesable por Ben Stiller o Jennifer Aniston. Él no hacía concesiones a la frivolidad, la comida basura, el fútbol, la música verbenera o la novela negra. Todo tenía que ser profundo, interesante y enriquecedor; la diversión estaba sobrevalorada. Todavía me pregunto cómo conseguí convencerlo de que fuéramos de viaje de novios a California. Y encima terminar en Las Vegas, una ciudad aberrante. Imagino que cuando lo planeamos su cabeza y su corazón ya estaban en otra parte.

La verdad es que Mario siempre fue un poco misántropo. “Un auténtico coñazo” en palabras de mi hermana pequeña, aunque ella niega haber dicho eso en una noche de borrachera. Él apenas tenía amigos y solo reconocía haber salido con un par de chicas a las que no recuerda con mucho cariño. Tal vez debería haber interpretado esa frialdad como una señal. Trabaja en una consultora y nos conocimos en la presentación de un libro aburridísimo a la que ambos acudimos por compromiso. Entonces yo disfrutaba de los últimos coletazos de una larga relación que era como una montaña rusa. Sergio y yo solo nos queríamos a ratos, pero con tal intensidad que compensaba los ratos en que nos odiábamos. Él era lo opuesto a Mario: golfo, irresponsable, sorprendente... Así que di la bienvenida a la estabilidad como si me hubiera tocado la lotería. ¡Qué ilusa! Además, con él podría plantearme la posibilidad de ser madre. Luego esta idea la aparqué, como casi todas. Si lo pienso, creo que Mario no sacaba lo mejor de mí. Otro titular.

—“Estamos atravesando un área de turbulencias. Por favor, permanezcan en sus asientos y abróchense los cinturones”, anuncia la azafata justo cuando el avión comienza a moverse.

—“No se lo va a creer, pero ahora sí que aceptaría uno de esos sándwiches que me ha ofrecido antes. En momentos así, comer me relaja”, me dice el de al lado cuando la cosa se pone fea.

—“Sí claro. ¿De qué lo quiere? Vegetal, jamón y queso... ¡Joder, esto se mueve mucho!”.

—“¿Le da miedo? El primero que coja, me da igual”.

—“Cuando pega brincos, sí. Y no me trate más de usted, me llamo Ana”. —“Yo, Darío. Está buenísimo, gracias”.

—“Coge la coca-cola o bébetela porque se va a caer. ¡Ay qué horror!”.

—“Piensa en algo que te dé paz. Una playa, una canción, un paisaje nevado...”.

blackjack

¿Nieve? Cómo se nota que no me conoce. Juro que lo intento pero las turbulencias van a más y el ruido de las cosas al moverse me altera. Si Mario estuviera aquí me tranquilizaría; eso se le daba muy bien. Aunque yo era de las que siempre viajaba sola hasta que lo conocí. Empecé prolongando los viajes de trabajo hasta el fin de semana y enseguida me enganché. La sensación de levantarse por la mañana y no tener que pactar con nadie es impagable. Tú decides qué hacer, qué ver, qué comer... Puedes tirarte un día entero en la playa o viendo exposiciones sin tener que aguantar a alguien a tu lado con cara de perro apaleado. O de un Mihura a punto de embestir, que es peor.

El momento de la cena puede atragantarse, pero cuando consigues por fin atreverte a entrar sola en un restaurante, prueba superada. Y un buen libro es fundamental para sentirse acompañada. “Seguro que conoces gente y ligas un montón”, solían decirme mis amigas. Pues no. La gracia de viajar sola es precisamente esa, hacerlo sola, aunque reconozco que se me han presentado oportunidades irrechazables. Y como nadie te conoce te lanzas a la piscina con cero prejuicios. Tal vez en este viaje de (no) novios vuelva a recuperar esas sensaciones. Al menos espero llegar a Las Vegas anímicamente en forma como para sentarme en una mesa de blackjack, una debilidad que siempre he tenido bajo control. Entre otras cosas, porque soy una máquina de ganar poco dinero pero en este momento mi situación financiera es inmejorable. Mario todavía no se ha percatado pero le he desplumado todo lo que he podido. “Sin acritud”, como le gustaba decir a él cuando se ponía pedante. Por jugármela. Porque a mis casi 40 años no me merezco que me traten como a una incauta veinteañera. Por tener que acabar dándole la razón a mi madre. Por aguantar a la suya todos los domingos. Por arrastrarme a vivir a una urbanización. Por criticar a mis amigos. Si cojo carrerilla no paro. Pero no me crucifiquen, tampoco ha sido gran cosa. Solo han desaparecido un par de cuadros de escaso valor sentimental y me he aprovechado de haber firmado algunos documentos que siempre me resultaron sospechosos. Lo suficiente para afrontar el duelo con cierta tranquilidad de espíritu. Bueno, y un poco más.

—“Ya te veo mucho mejor”, me dice Darío antes de atacar el segundo sándwich.

—“El Candy Crush es terapéutico pero lo que me anima es que vayamos a aterrizar en breve. El ‘mono’ me está matando”.

—“¿Ya has hecho planes para Los Ángeles? Porque, discúlpame si me meto donde no me llaman, pero me da la impresión de que éste no es el viaje de tu vida”.

—“La verdad es que me he subido al avión como si me llevaran al matadero pero tantas horas de vuelo dan para mucho. Serán las turbulencias, que te revuelven algo más que las tripas, pero ya me va apeteciendo más”.

—“A mí me ha ocurrido algo parecido. Viajo por sorpresa y no sé si voy a ser muy bien recibido”.

—“¿¡Que tu hija no sabe que vienes a verla!?”.

—“Es que hace tiempo que no nos hablamos, pero me he enterado por Facebook que ha tenido un hijo y quiero conocerlo”.

—“Pensaba que lo mío era un papelón pero no me cambiaría por ti. Mi problema es que estoy de luna de miel pero sin novio. Parece un acertijo pero es que él me mandó a paseo hace unas semanas”.

—“Tampoco está mal. Tómatelo como una oportunidad, estás de viaje y sola”. “Dentro de 20 minutos tomaremos tierra en el aeropuerto de Los Ángeles. La temperatura local es de 22 grados centígrados...”, anuncia esta vez un azafato con un español pésimo.

—“Hay otro tema que no te he contado… Hace un par de años salí del armario y mi hija, obviamente, no lo sabe”.

—“Y a mí tal vez me esté esperando la Guardia Civil cuando regrese porque le he robado a mi ex”.

—“Esto parece un culebrón apasionante, ¿no? ¡Qué pena que te empeñaras en no hablar conmigo durante todo el viaje! Estando como estamos, ¿y si volvemos a Madrid y nos olvidamos de todo esto?”.

—“Somos unos perdedores pero no unos cobardes”.

—“Ni que fuéramos Humphrey Bogart y Lauren Bacall...”.

—“¡Bienvenido a Hollywood!”.

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