2024
RELATO GANADOR
Nomadismo y otras afecciones
Mª Luz Maragón Peña
«Por ahí se aleja», se dice. Lo hace como quien deja caer el suspiro que cuelga de unos labios apenas entreabiertos. Hay en este gesto tal exasperación que, si se examina con suficiente detenimiento, esta parece flotar un instante antes de diluirse en el aire y desaparecer sin dejar rastro. La anciana se marcha a una velocidad que desarma cualquier lógica, pues contrasta con lo que cabría esperar en una persona de su edad. Uno esperaría que su paso fuera más lento, pausado, deseoso de prolongar cada segundo. Pero no; se aleja como si hubiera olvidado que su carne ya no es joven, como si el abrigo que lleva encima no le pesara ya tanto como los años. La puerta automática se cierra tras ella, interponiéndose entre su silueta y la mirada que hasta hace escasos segundos la ha perseguido desesperada a lo largo de todo el puerto de embarque. El objeto todavía yace inmóvil, tal cual ha caído al suelo. El viajero se agacha para recogerlo. «Demonios, mi espalda ya no es lo que solía ser», se lamenta entre dientes. Por un instante fugaz casi cree sentir envidia de la agilidad de la mujer, pero la idea pronto lo repele. Se reprocha su bajeza en silencio mientras sus dedos tantean el pavimento y, al erguirse de nuevo, sostiene el objeto entre sus manos: un cuaderno de viaje con tapas de cuero, parcialmente cerrado con una cinta desprovista de toda elasticidad.
El primer impulso que lo asalta, casi instintivo, es correr tras su dueña, pero esta parece haber sido sepultada por una marea de maletas y rostros crispados que retozan al compás marcado por el reloj, el cual luce burlesco en lo alto de la terminal. El reloj. El viajero consulta la hora de un vistazo: quedan diez minutos antes de que su vuelo parta. Sopesa sus posibilidades. No dispone del tiempo suficiente como para recorrer todo el aeropuerto reclamando a la propietaria del cuaderno a voz en grito. Es por ello que decide que lo mejor será dejarlo a buen recaudo en manos de un empleado del aeropuerto y quedar como un ciudadano de lo más ejemplar. Sí, eso hará, se repite entre murmullos, tratando de esta forma de convencerse a sí mismo. Sin embargo, para desgracia del viajero, lo suyo ya es una causa perdida, pues sin él saberlo acaba de contraer el nefasto síndrome de la curiosidad.
La curiosidad es un insecto diminuto que a menudo pasa inadvertido. Se cuela por las grietas de la conciencia sin avisar, sin hacer ruido, como esos bichos que nadie parece detectar hasta que ya han comenzado a comerse las paredes. Nadie sospecha de ese zumbido ininteligible que se instala en la cabeza, tan paulatinamente, tan de puntillas, que el anfitrión continúa con su vida sin saber que acaba de abrirle la puerta a un inquilino insidioso. Para cuando el individuo se sabe poseído y consumido por él, cuando al fin llega a ser consciente de estar siendo invadido por fuerzas ajenas e irrefrenables, el parásito de la curiosidad ya le ha carcomido las entrañas, le ha roído las certezas y ha tejido en su interior una red de interrogantes que controlan todos y cada uno de sus movimientos. Podemos afirmar, por tanto, que son estos mismos hilos tirantes los que impulsan al viajero de nuestra historia a desandar los pasos que lo habrían dirigido hacia la oficina de objetos perdidos, guardarse la libreta en el bolsillo de la chaqueta y caminar con ella de vuelta a la terminal como si nada hubiera ocurrido.
No se anima a abrirla hasta una vez se halla bien acomodado en un asiento junto a la puerta de embarque. Se siente un poco ladrón, un poco niño, husmeando en una vida que no le pertenece, y una expresión de deleite se pasea con timidez por las comisuras de su boca. Lee la primera página, recorrida por una hilera de letras mecanografiadas: «Este diario pertenece a...». Justo debajo, trazado con caligrafía desigual, figura un nombre a lápiz, ilegible. El viajero comienza a pasar las páginas. Uno tras otro se suceden bocetos, estudios y esbozos de diferentes lugares emblemáticos de todo el mundo. Reconoce la Fontana di Trevi, así como también identifica bosquejos de Hyde Park, el Arco de Triunfo y la Ópera de Sídney, algunos de ellos destinos que llegó a visitar en su juventud. Por un instante añora esos días en los que podía permitirse el lujo de los viajes improvisados, días casi enterrados por el paso de los años en los que su espalda todavía no había comenzado a resentirse a causa del más mínimo movimiento. A partir de la página 87 el flujo de dibujos cesa, dando paso a varios bloques de texto únicamente uniformes en su irregularidad. El viajero imagina que han debido ser escritos por manos temblorosas, de pulso poco firme. Consumidos por una creciente intriga, sus ojos permanecen imantados a las letras de tinta fresca. La pirexia de la expectación alcanza su punto más álgido, y el aquejado, desprovisto por completo de su fuerza de voluntad, comienza a leer con la serenidad febril propia de un enfermo:
Si algo he aprendido en el viaje de altibajos que hasta ahora ha sido mi vida, es que las alturas siempre constituyen el consuelo de quienes procedemos de las profundidades. Recuerdo con extraña claridad que faltaban dos semanas para mi decimoséptimo cumpleaños cuando me vi a bordo de un avión por primera vez. Había logrado birlar el dinero necesario para poder costearme un billete que me llevara lejos de aquella prisión con apariencia de hogar. No resultó demasiado complicado: un rápido desliz de dedos, pasos sigilosos alrededor de la cómoda, el corazón amenazando con estallarme, la respiración profunda y entrecortada de mi padrastro. No sé cuánto tardaría en descubrir el hurto, una vez guarecido por la luz del amanecer; a decir verdad, jamás volví a ver a ese desdichado.
Cuando el artefacto despegó, también lo hizo un lastre que llevaba años cargando en mi pecho de manera inconsciente. Lo supe porque enseguida detecté un vacío en la boca de mi estómago, quizás a causa de la costumbre de sentir una garra de metal oprimiéndola constantemente. Más tarde caí en la cuenta de que estos síntomas no eran más que indicios de un ataque de vértigo, pero en ese momento, nublada mi mente, yo lo achacaba a la euforia embriagadora de la libertad. Con el tiempo terminaría desarrollando cierta dependencia a esta sensación, hasta el punto de volverme insensible a ella y buscar una intensidad mayor con cada despegue. Pero tengo la impresión de estar adelantando acontecimientos que no corresponden a este punto en la cronología de mi relato. Regresaré a ellos a su debido tiempo. Por ahora solo añadiré que el impacto ocasionado a raíz de mi primer vuelo sirvió para romper definitivamente las cadenas que hasta entonces me habían mantenido ligada al subsuelo del que procedía. Ese viaje hacia la vida libre había sido suficiente para desarraigarme de la tierra que siempre había constituido mi morada. Ahora flotaba sobre ella, ajena a sus banalidades, con la autonomía del vapor que escapa a presión de un géiser. Albergo recuerdos muy gratos de aquellos viajes iniciales: sentía que los horizontes del mundo se expandían ante mis brazos abiertos como alas, que las fronteras temblaban bajo la sombra de mi vuelo. En aquel entonces, este era para mí un sentimiento de lo más gratificante.
Asumo que no sorprenderé a nadie al desvelar que mi primer destino fue París. A decir verdad, el mero hecho de mencionarlo resulta una obviedad casi humillante. Capital de las artes, de la vanguardia, de la vida bohemia. Un país en cuyo triple estandarte figuraba una franja de azul libertad no podía sino atraerme de forma irrevocable. Fue allí donde comencé a dar rienda suelta a las inquietudes artísticas que llevaban tanto tiempo reprimidas en mi interior, sumidas en un letargo perenne. Siempre había sentido interés por el dibujo, pero sobra decir que, desde mi más tierna infancia, todo aquello que hubiera implicado mi regocijo había comportado a su vez el tormento de mi padrastro. Supongo que no le satisfacía mucho la idea de que mis manos sirvieran para realizar cualquier función más allá de coser los agujeros de sus calzoncillos. Comencé a frecuentar círculos de artistas, algunos no mucho más experimentados que yo, otros ya hastiados de la vida miserable del dibujante, pero todos ellos alimentados por una pasión común. Fue durante una de mis muchas peripecias callejeras cuando coincidí con Raoul por primera vez. Era unos diez años mayor que yo. Alto, desgarbado, con ascuas por ojos y una destreza plástica sin parangón. No tardó en interesarse por mis habilidades, y enseguida se ofreció a enseñarme todo cuanto sabía. He de reconocer que tuve la fortuna de aprender de uno de los mejores. No me detendré mucho en detallar los momentos que pasé junto a él, o de lo contrario solo lograré entristecerme. La cuestión es que, en el momento en que rechacé la propuesta de quedarme a vivir junto a él en un mísero apartamento de la Rue Mouffetard, sentí que el vínculo que se había establecido entre nosotros se evaporaba en el aire, y que con él se esfumaban mis deseos de permanecer en París un solo día más. Llevaba ya cierto tiempo sintiendo un vacío que ni las Torres Eiffel ni las Catedrales de Notre Dame, por inspiradoras e imponentes que me hubieran parecido en un inicio, podían llenar. Ese vacío que todo lo consumía solo podía ser suplido por la sensación del mundo bajo mis pies. De esta manera, resolví que la solución a mi problema era cambiar de ambiente. No sería esta la última ocasión en que mi incapacidad para echar raíces me jugaría una mala pasada.
El segundo destino que marcó mi vida fue Nueva York. Creo que no será necesario aclarar que, en aquella época, tendía a sentirme atraída por las grandes urbes, como si de ellas manara un campo magnético que fluctuase únicamente en dirección a mi persona. La impresión tras el aterrizaje fue de euforia absoluta. Me sentía renacer del interior de una crisálida de nubes. Al agitar el aire con mis alas, creía borrar definitivamente los límites que desde el comienzo de mis días habían sido trazados sobre la arena de mi destino. Nueva York, con su monumento a la liberación cubierto de un manto verdoso, me recibió como quien recibe de nuevo en su seno a un hijo pródigo. Yo, sedienta de afecto, me aferré a ella.
Una vez en la ciudad, comencé a ganarme la vida a través de mi arte. Lentamente, descubrí que plasmar los lugares que visitaba en el papel era la única manera de constatar que su presencia había formado parte de mi existencia en algún momento. Lo único que me ataba a ellos era la tinta y el rasgueo de la pluma que usaba para dibujarlos, nada más. De no ser por estos dos elementos, es probable que a día de hoy no recordase haberlos visitado nunca. Participaba en galerías y exposiciones con asiduidad, pero siempre permanecía esquiva, siempre volátil, siempre efímera. Tan pronto me materializaba en un rincón de la sala como me disolvía en su atmósfera. No era capaz de anclarme al suelo: ni siquiera mis pies parecían rozarlo mientras deambulaba por los pasillos de los museos. En varias ocasiones se me presentaron suntuosas ofertas de trabajo, brillantes oportunidades de triunfar, de esas que jamás suelen verse en vida. Todas ellas, por supuesto, fueron rechazadas, pues nada me horrorizaba tanto como la idea de regresar a la inmovilidad permanente de la que tanto me había costado escapar. Me había convertido en una adicta al vértigo de no pertenecer a ningún sitio, a mi propio libre albedrío: cada vez con mayor frecuencia, necesitaba una nueva dosis de aire circulando por mis venas.
Transcurrido un tiempo, abandoné el abrigo neoyorquino y regresé a las andadas (o a los vuelos, según se mire). Migraba de aeropuerto en aeropuerto, de país en país, incapaz de satisfacer la voracidad del vacío que crecía en mis entrañas. La enfermedad se expandía a velocidad vertiginosa por todo mi organismo. A los cuarenta años ya estaba harta de mi inhabilidad para la permanencia. A los cincuenta pensaba con nostalgia en todas las posibilidades de un futuro prometedor que habían quedado atrás. A los sesenta, sumida en la resignación, reflexionaba acerca de cómo todo cuanto todavía poseía era mi propia persona y un malestar crónico que solo podía ser aliviado a bordo de un artefacto volador. La realidad se hizo evidente. El mundo entero se había convertido en mi prisión. La necesidad de huir de las profundidades me había condenado a vagar, cual espectro errante, suspendida por encima de estas, sin posibilidad alguna de arraigar en la tierra o de asentar un hogar. Ahora solo me siento libre en el aire, pero ¿qué emoción despierta el despegue cuando nunca se tiene donde aterrizar?
Los ojos del viajero se deslizan meticulosos hasta el punto final, como si quisieran cerciorarse de que en realidad el relato no concluye ahí. Poco a poco, la decepción comienza a abrirse paso, pues, al recorrer las páginas una y otra vez, de la primera a la última, descubre que en el cuaderno no aparece escrita una sola palabra más. Levanta la mirada del papel y busca entre el gentío, entre la masa de turistas y equipajes, pero no tarda en comprender que jamás hallará al objeto de su búsqueda. Algo desorientado, consulta su reloj. Ha perdido la noción del tiempo y, golpeado por la súbita revelación de la hora, se encuentra con que su vuelo está a punto de zarpar. Guarda el cuaderno, se sacude la confusión con un ligero movimiento de cabeza y se incorpora. Al hacerlo, siente una punzada de dolor en la zona lumbar; entonces esboza una sonrisa involuntaria. Mientras camina en dirección al avión con pasos pesados, mientras sube las escaleras entre resuellos, mientras se deja caer en su asiento junto a la ventanilla, liberando un suspiro extenuado, piensa en cómo cada una de estas acciones lo aferra a la realidad. Piensa en cómo el dolor y la pesadez de su marcha son sinónimo de su presencia, de la conexión con el suelo que pisa. El avión se eleva en el aire. Se pregunta si realmente le gustaría desplazarse como si flotara, con la facilidad de la brisa que ahora golpea su ventana; si de verdad se podría llamar a eso vivir. Concluye que no. Al acomodarse para contemplar el paso de las nubes al otro lado del cristal, se plantea cómo es posible que un mismo artefacto sea capaz de acercar y alejar simultáneamente de la tierra, del origen, a un mismo individuo. Es entonces cuando el viajero experimenta el agradecimiento y la certeza de tener un hogar al que regresar, y por ello se permite cerrar los ojos un instante.