2024
RELATO FINALISTA
Volamos, Sancho
Francisco Javier Arteaga Garrido
– Has de saber, Sancho amigo, que en lo profundo de mi ser se libran grandes batallas de pensamiento, pues no hallo sosiego ni rumbo cierto en cuanto a la resolución de mi destino más cercano. Ya son cuatro los años que han transcurrido desde que, atacada mi galera El Sol por una flotilla berberisca comandada por el corsario Mami Arnaut, caí prisionero junto con mi amado hermano Rodrigo en esta triste y bárbara ciudad de Argel, y me llevan los demonios de la impaciencia y la humillación. Cuatro años de cautiverio, esclavo del malvado Dali Mami, en los cuales ya son cuatro mis intentos de huida que han visto su final en el fracaso más lamentable. De algo me han valido mis conocimientos para tener cierto predicamento entre algunos nobles argelinos para intermediar en sus negocios y eso me ha permitido alguna pequeña licencia, pero mi única obsesión ahora es la de escapar.
Don Miguel de Cervantes, con rostro demacrado y una expresión que fluctuaba entre la esperanza y el desaliento, caminaba por el reducido espacio que le correspondía en la prisión. A menudo solía hablar con Sancho, no el escudero de carne y hueso, claro está, sino una versión imaginaria que habitaba su mente, producto de sus ansias por crear la inmortal obra que ya rondaba por su cabeza. Sancho, en su versión imaginaria, replicaba, como si tuviera la voz del campesino rústico que Cervantes había concebido en su mente:
– Decidme, vuestra merced —respondió Sancho, perplejo—, ¿por qué compartís vuestras cuitas conmigo, que soy hombre simple y de pocas luces, si en cambio vos sois persona letrada? Yo, sin más conocimiento e incluso sin más existencia que la que me otorgáis en esa vuestra futura novela, que, dicho sea de paso, todavía no habéis escrito.
Don Miguel, absorto en sus pensamientos, respondió:
– Sancho, buen amigo, he de contarte algo que tal vez calme tu perplejidad. Un mágico sefardí, hombre sabio y buen amigo mío, de nombre Melquíades, con quien he tenido tratos en la compra de alfombras y otros bienes para el palacio de Azán Bajá, me ha revelado un augurio que bien podría cambiar mi destino. Dice que todos mis intentos de fuga han de ser vanos, mas no debo desesperar, pues al final de mi infortunio, seré liberado mediante el pago de un rescate. Pero lograda la libertad, me aseguró que mi destino no será oscuro, pues habré de escribir la mejor novela jamás escrita, y en ella tú, Sancho, junto con tu señor Don Quijote, seréis los protagonistas inmortales.
Sancho, aún más desconcertado, replicó:
– No dudo de las dotes del sefardí ni de la sabiduría de vuestra merced, pero no puedo sino pedíos que, por amor de Dios, no se os ocurra algo tan descabellado como los planes que urdía mi señor Don Quijote, siempre buscando aventuras imposibles. No ambiciono yo la gloria que tanto anhelan los caballeros andantes; me basta con pasar la vida tranquila, disfrutando de los pequeños placeres que nos da y sorteando sus pesares. Si vuestra merced persiste en su deseo de escapar y lograr éxito, no seré yo quien os lo impida, pues no temo para nada que un nuevo fracaso altere la historia y hasta ponga en riesgo mi fama futura.
Don Miguel dejó que Sancho terminase sus palabras y, tras un largo silencio, comenzó a pasear por la estancia. Su mente, aguda y visionaria, tejía la urdimbre de un nuevo plan, una fuga que esta vez no fallaría. No era un plan común. Esta vez no intentaría escapar ni por tierra ni por mar. La idea que rondaba su cabeza era algo inaudito para su tiempo.
– Por el aire, Sancho, por el aire —musitó Don Miguel—. Muchos hombres sabios de nuestra época han declarado que volar es imposible, que nada que pese más que el aire puede sostenerse en él. Pero olvidan que los pájaros, criaturas que vemos a diario, desmienten tales afirmaciones. ¿Por qué no podríamos ser nosotros los primeros en volar?
Sancho, perplejo, exclamó con preocupación:
– ¡Vuestra merced ha perdido el juicio! El aire es de los pájaros, no de los hombres. Esos sabios que decís tal vez tengan razón, ¿acaso no es peligroso tentar al destino de tal manera? Además, ¿cómo habéis de volar? ¿Acaso habéis nacido con alas?
– No, Sancho, no tengo alas, pero tengo una mente y un amigo que puede hacer posible lo imposible. Melquíades no es solo un mercader, es un hombre de ciencia. Y aunque no comprendemos todos los misterios del aire, él cree que es posible elevarnos por encima del suelo.
Fue entonces cuando Don Miguel decidió confiar nuevamente en Melquíades. El sefardí, astuto y bien relacionado, siempre había mostrado un conocimiento profundo de materias que parecían estar fuera del alcance de los hombres comunes. Juntos comenzaron a estudiar las posibilidades de volar en un artefacto nunca antes visto, algo que en su conjunto fuera menos pesado que el aire. Decidieron construir un globo que pudiera surcar los cielos de Argel y llevar a Don Miguel hacia la libertad.
Tras un análisis y un estudio detallado, determinaron la fecha y lugar más propicios para la huida. El viaje debía tener como destino Cartagena, y el viento del sureste sería el aliado ideal para empujar el globo hacia el noroeste. Decidieron evitar el invierno, pues las tormentas y el frío podían poner en peligro el éxito de la operación. Tampoco el verano era favorable, debido a que son frecuentes los vientos alisios que soplan hacia el este. Así, concluyeron que la primavera, y más precisamente la segunda semana de abril, sería la época perfecta, siempre a la espera de un viento propicio que favoreciera la fuga.
La seda fue elegida como material para construir el globo, un tejido ligero, resistente y que convenientemente tratado se convierte en totalmente impermeable. Melquíades, con sus contactos en el mercado, logró adquirir grandes cantidades de seda a bajo precio por tener defectos de tinte. A lo largo de meses, él y su familia trabajaron secretamente para confeccionar la estructura del globo. Cada puntada, cada costura era meticulosamente planificada, ejecutada y revisada, pues sabían que cualquier error podría resultar fatal.
El lugar elegido para el despegue fue un almacén apartado, propiedad de Melquíades, donde éste guardaba sus mercaderías. Allí, alejados de las miradas de posibles curiosos, se trabajó sin descanso. Cuando estuvo terminado el artefacto, convinieron en la necesidad de hacer una prueba de vuelo real, más corto y sin pasajero. Inflaron el globo sobre la azotea del edificio, calentando el aire de su interior con potentes estufas. Al principio, el globo se alzó apenas unos metros, no más, porque decidieron mantenerlo sujeto con amarras para no perderlo; todo funcionó de forma bastante aceptable, pero notaron un pequeño problema de asimetría en la tela que debían corregir para mantener siempre la verticalidad. Sin embargo, decidieron esperanzados que la prueba era suficiente y que el plan podía seguir adelante.
Se enfrentaban a un reto enorme, realizar algo que nunca había hecho hombre alguno, ya que sabido es que faltaban todavía muchos años, más de un siglo, para que según la Historia, en agosto de 1709, el sacerdote portugués Bartolomeu de Gusmão elevara por primera vez un globo de aire caliente no tripulado, aunque aquello le acarrease una larga serie de desventuras (pero esa es otra historia).
– Por el aire, Sancho, volaré —repetía Don Miguel para sí mismo mientras ayudaba a preparar el globo—. No lo entenderías, pero la libertad está a mi alcance. La siento cerca, tan cerca como esas nubes que rozan las montañas al amanecer.
Finalmente, todo estuvo preparado. Don Miguel logró obtener un permiso para negociar una compra de alfombras y lámparas para el palacio de Azán Bajá, y aprovechó la ocasión para poner en marcha su plan de fuga. El día señalado, Melquíades llegó con su carruaje a recoger a Don Miguel, quien, escoltado por cuatro guardias, se dirigió al almacén. Era una noche tranquila, y el viento del sureste soplaba, tal como habían predicho. Allí, bajo el pretexto de celebrar el trato, los guardias fueron obsequiados con generosas viandas y vino, mientras Don Miguel, con una excusa bien ensayada, subía a la azotea para supervisar los últimos detalles del cargamento.
Sin que los guardias sospecharan, Melquíades y sus hijos terminaron de inflar el globo, que ya estaba casi listo para el despegue. Don Miguel se despidió de sus benefactores con lágrimas en los ojos y lamentó no poder personalmente dar un último abrazo a su gran amigo. En el momento oportuno, el insigne pasajero nervioso pero decidido, subió a la barquilla, se soltaron las amarras, y en un abrir y cerrar de ojos, el globo con el aire caliente en su interior, comenzó a elevarse lentamente, desafiando las leyes de la gravedad. Sancho, en su mente, gritaba alarmado, viendo al ilustre autor como a su señor Don Quijote, enredado en un extraño artefacto como el de Clavileño, pero Don Miguel no le escuchaba. Su mirada estaba fija en el horizonte, en el sueño de la libertad que parecía ya al alcance de su mano.
Durante los primeros minutos, el plan marchaba a la perfección. El globo, en la dirección correcta, se deslizaba suavemente por los cielos, alejándose de Argel. Don Miguel observaba la ciudad desde lo alto, sintiendo que finalmente había burlado su prisión. Sin embargo, como en toda buena aventura, el destino tenía otros planes.
El viaje pronto dejó de ser tan plácido, el viento cambió repentinamente de dirección. El globo, que hasta entonces avanzaba siguiendo el rumbo previsto, comenzó a perder velocidad y súbitamente el viento había rolado y ahora la nave se desviaba de nuevo hacia el sur. Don Miguel intentó maniobrar con las cuerdas, pero el viento lo empujaba inexorablemente de vuelta a Argel, el sueño de la libertad se estaba desvaneciendo. Con extraña maestría, logró regresar al punto de partida sin ningún contratiempo y se encontró nuevamente sobrevolando la ciudad que había jurado abandonar. Allí, los hijos de Melquíades, que habían seguido el vuelo desde tierra, lo ayudaron a descender rápidamente antes de que nadie se percatara de su ausencia.
– No se preocupe Don Miguel, lo volveremos a intentar, ha quedado comprobado que el viaje es posible, solo nos ha fallado la meteorología – le consolaron.
Como si nada hubiese ocurrido, Don Miguel con gran templanza bajó de la azotea cargado con dos nuevas y pesadas lámparas profusamente embaladas y se excusó con los guardias por la tardanza, alegando la necesidad de proteger al máximo mercancía tan valiosa y delicada, pero éstos seguían disfrutando del vino y de la plática sin importarles el retraso lo más mínimo. La compra fue completada y transportada al suntuoso palacio y el cautivo fue trasladado seguidamente a su lugar de reclusión, sin que nadie sospechara que el escritor había estado a punto de fugarse.
– Has de saber, amigo Sancho, que cuando huía del cautiverio, confieso que no pensaba más que en mi persona y mi familia. Pero ahora me siento satisfecho, de que no se alterase el destino y con ello no se pusiera en peligro la existencia gloriosa de tu insigne señor Don Quijote y de tu leal persona.
En 1580 Cervantes fue liberado, tras el pago del rescate de quinientos escudos, por los padres mercedarios y trinitarios y quince años más tarde Don Miguel de Cervantes escribió el Quijote, cumpliendo la profecía de su amigo el mágico sefardí. Con ello tomaron vida el ingenioso hidalgo y su fiel escudero. Antes de la segunda parte de esta novela, el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas publicó una segunda parte apócrifa con gran enfado del autor genuino.
Se podría decir que la historia que se cuenta en este relato que ya concluyo, de la que solo tuvimos conocimiento, Melquíades, su familia, Don Miguel y el que suscribe, es igual de cierta o falsa como la de Avellaneda, en otro mundo real, paralelo, literario o de ficción, para mayor fama de Don Miguel de Cervantes y para ampliar las vivencias de Don Quijote y de Sancho.
De haber sido cierto todo lo aquí relatado, la gloriosa historia aeroespacial española podría presumir de otro importante hito.