15 junio, 2007

Iconografía del avión en las vanguardias pictóricas

Carmen de Cima
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“Los nuevos aviones, los dirigibles, las excavadoras, como eran tan interesantes en sí mismos, hicieron que me apartara de mis hábitos rutinarios, de mi obra con cubos coloreados y atenuaciones clásicas, de mis elucubraciones estéticas y preocupaciones mórbidas”. T. Hart Benton.

 

Probablemente, más de un artista de los denominados de vanguardia habría rubricado estas frases del pintor Thomas Hart Benton, pues efectivamente el avión se convirtió para muchos de ellos en un elemento tan digno de representación como en otros tiempos lo fueron otras escenas de la vida cotidiana.

Fue a principios del pasado siglo cuando se comenzó a utilizar la palabra “vanguardia” para denominar los diferentes movimientos artísticos que proponían una visión del arte opuesta a la tradición, e incluso también a lo que con anterioridad había merecido el nombre de “Arte”. No resulta casual por tanto que el término tenga su origen en el ámbito militar, ya que “vanguardia” denomina aquellos grupos del ejército que marchan por delante, de ahí su paralelismo con los artistas de esta época que, como los que encabezan los ejércitos, se enfrentaron en primera línea para romper con el pasado, propusieron alternativas estéticas renovadoras o revolucionarias y, en definitiva, soñaron con transformar el arte desde sus cimientos.

Por otra parte, pocas etapas han sido tan prolíficas en la sucesión de estilos y tendencias como el siglo XX (1), de forma que encontramos numerosos movimientos o ismos en un periodo de tiempo relativamente corto. Algunos artistas de dilatada vida profesional se vieron seducidos por varios de ellos a lo largo de su existencia. Pero lo que no puede negarse a ninguno de ellos, a pesar de la disparidad, es una constante búsqueda e investigación de nuevas formas, materias, conceptos, etc. y, aunque algunos encuentran su camino en la figuración, otros rompen con el arte, como representación más o menos fidedigna de la realidad, para contemplarla desde múltiples perspectivas, desintegrada en planos diferentes, o distorsionada para dar sensación de movimiento. El arte comienza a ser más una “presentación” de la realidad que una “representación” de esta, como había sido hasta entonces.

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'Vista del puente de Sèvres', 1908. © Henri Rousseau.

Esta etapa artística de las vanguardias comienza a desarrollarse en un periodo muy convulso de la Historia: La Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, el triunfo del Comunismo, la rivalidad colonial entre potencias europeas, etc., en suma un mundo en crisis que tiene su reflejo en la producción artística, pero también un mundo donde surgen grandes avances científicos y tecnológicos que no van a quedar al margen de la iconografía pictórica del momento. Efectivamente, como muy bien señala Herbert Read en su ensayo The meaning of Art: “El periodo, la civilización da forma y dicta el contenido de la obra de arte (…)”. En este sentido el avión, cuya presencia en los cielos data de esos primeros años de siglo XX, va a convertirse en un objeto de representación, en un icono de modernidad -unas veces será motivo de la propia obra de arte, y otras será el vehículo de contemplación del entorno desde una nueva perspectiva-.

Pero antes de ver la influencia que la aviación tuvo en los diferentes movimientos artísticos que concentraron a muchos de los pintores del siglo XX, cabe detenerse en la personalidad bastante autodidacta y autónoma que representa la figura del pintor Henri Rousseau. En sus pinturas clasificadas de Naïf demostró un talento muy alabado por pintores coetáneos como Picasso y sus paisajes están dotados de un halo intemporal, de suerte que muchas veces la comicidad se ve transformada en una sublime dignidad. Fascinado por el progreso plasmó en varias obras globos aerostáticos, dirigibles y aviones, como queda patente en su Vista del puente de Sèvres.

EL CULTO AL PROGRESO TECNOLÓGICO

Volviendo a los grupos vanguardistas que existieron antes de la Primera Guerra Mundial, los futuristas italianos pueden considerarse como los primeros que presentaron un programa radicalmente innovador.  En el Manifiesto Futurista, escrito por F. T. Marinetti y publicado en Le Figaró en 1909, se hace una alabanza ciega del avance tecnológico, el progreso, las máquinas, la velocidad, etc.; no en vano Marinetti afirma: “Un automóvil de carreras, que parece correr sobre metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”.  Sin duda, las primeras experiencias de viajes aéreos cambiaron drásticamente la visión del planeta Tierra en la fantasía de los artistas. Además, desde aquel primer vuelo de los hermanos Wright, las noticias de nuevas conquistas aéreas se convirtieron en tema habitual en la prensa del momento: las hazañas de Blériot, D’Annuzio o las travesías posteriores de De Pinedo alimentaron aún más la pasión por este nuevo medio de transporte.  Efectivamente, el espectáculo del vuelo se apodera definitivamente de las artes e incluso empiezan a escribirse poemas y tragedias aéreas.

El avión se convierte, en los primeros años del siglo XX, en objeto de representación e icono de modernidad.

Pronto este culto por lo aéreo no se queda sólo en la representación de estos aparatos o de sus pilotos, sino que este movimiento eminentemente italiano va mucho más allá, y así escribe Fillia, otro de sus promotores, (…) “Hoy la religión de la velocidad forma una creencia espiritual que corresponde a la vida social moderna y necesita su propia mística”.   Nacerá así el concepto de “Aeropintura” que surge en los años posteriores a 1927 y , a partir de entonces, lo que se intentará reflejar es una nueva realidad,  la posibilidad que ya existe de conectarse con un universo más vasto, tanto físico como espiritual.  Boccioni habla del “dinamismo plástico de la simultaneidad” como síntesis pictórica de sensaciones y emociones sugeridas “por el inmenso drama visionario y sensible del vuelo”.  Muchos artistas se dejan contagiar por este entusiasmo de la “Aeropintura”, entre ellos Lucio Fontana que en 1931 realiza Las amantes de los pilotos y La victoria del Aire, aunque entre los pintores más representativos no podemos dejar de citar a Tulio Crali, Tato, Balla, Depero, Prampolini, Munari, o Mario Sironi.

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'Homenaje a Blériot', 1914. © Robert Delaunay.

Pero, aunque en los años 30 hubo algunas manifestaciones de lo que algunos denominan como un Segundo Futurismo, este movimiento moriría con la Primera Guerra Mundial.  Sin embargo muchos de los estilos posteriores tales como el Vorticismo inglés o el Constructivismo ruso, y mucho menos el movimiento Dadá serían pensables sin las experiencias previas del Futurismo italiano.

En otros puntos de Europa se dan cita en estos años una serie de movimientos diferentes, pero en los que la idea de la representación de la realidad no existe como objetivo artístico, como es el caso del Orfismo, aunque aún así podemos encontrar la presencia de una aeronave o la influencia de la perspectiva aérea en muchas obras de uno de sus mejores representantes Robert Delaunay.  En la titulada Homenaje a Blériot, aunque es fácilmente distinguible el avión del famoso aviador que cruzó por primera vez el Canal de la Mancha, la descomposición lumínica y el juego cromático lo convierten casi en un cuadro abstracto.

No lejos del Orfismo está el Sincronismo fundado por los americanos MacDonald Wright y Morgan Rusell que preconizaban un arte tan alejado de la realidad que sólo podía tener un paralelismo en la música.  El primero de ellos nos ha dejado un óleo de temática aeronáutico, Aeroplano: Sincronía en amarillo-naranja, en el que nos evoca los ritmos musicales por medio de líneas curvas y una paleta de color de tonos brillantes, utilizando el elemento cinético de la hélice para transmitir un efecto de movimiento circular y envolvente.

DE LA GEOMETRÍA A LAS FORMAS PLANAS

Sin embargo, la corriente principal de la abstracción fue la geométrica que Picasso inauguró con su obra Les Demoiselles d’Avignon.  La magia de la luz y la atmósfera que preconizó el Impresionismo se sacrificó a la claridad de la forma, y todo lo vago e indefinido fue eliminado de los cuadros cubistas.  Braque y Gris fueron fieles seguidores de este estilo.  Dentro del mismo encontramos la figura de Fernad Léger que manifiesta una fuerte personalidad en sus obras, influenciadas por su pasión por las nuevas tecnologías y el mundo de las máquinas que plasma en formas tubulares muy características.  No podía sustraerse a esta afición el avión o sus elementos y obras como Las hélices o El avión en el cielo son un claro testimonio de ello.

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El avión rojo, 1932. © Franz Radziwill.

Paralelamente, Rusia vivía un momento de esplendor vanguardista, motivado en gran parte por los cambios sociopolíticos que condujeron a las revoluciones de 1917 y que, en el arte, se traducirían en la tendencia a una radical abstracción geométrica que se plasmó en movimientos tales como el Rayonismo, que combina elementos del Cubismo y el Futurismo, y donde encontramos obras como la de Natalia Gontcharova: Aeroplano sobrevolando el tren, en las que de nuevo se rinde culto a este medio de transporte y a la velocidad.  En 1915 se presenta en público el Suprematismo, estilo que intenta representar el universo a través de formas planas y coloreadas, carentes de toda referencia al mundo real.  Su principal representante fue Malevich, quien también nos ha legado obras de tema aeronáutico: El aviador, inspirada en su gran amigo y piloto Vassili Kamenski, y más tarde su Composición suprematista: Avión volando, pintura compuesta exclusivamente por formas geométricas en posición ascendente y en la que se ha querido interpretar el efecto sugestivo del vuelo.

MOVIMIENTOS DE REBELDÍA

Sin que todo ello signifique respetar un riguroso orden cronológico, pues algunos de estos movimientos vanguardistas fueron incluso coetáneos, no podemos dejar de hacer mención al movimiento Dadá, estilo iconoclasta y destructivo, a través del cual muchos escritores y artistas europeos manifestaron su rebeldía por un mundo convulso y en guerra.  El Dadaísmo no sólo supuso una renovación de los medios expresivos, sino que puso en entredicho la actividad artística en sí misma.  La destrucción de los antiguos géneros permitió el trasvase de experiencias de un ámbito creativo a otro, lo que significaría una premonición de muchas de las representaciones del arte actual.  Su impulsor fue el poeta Tristan Tzara y entre los pintores encontramos nombres como Picabia, Duchamp, o algunas obras del propio Max Ernst, quien hizo del collage una forma de expresión transgresora y de cuya técnica da cuenta su obra El avión asesino, que suscita una imagen inquietante y morbosa.

El concepto de Aeropintura que surge en 1927 intenta reflejar una nueva realidad social y la posibilidad de conectarse con un universo más vasto, tanto físico como espiritual.

Ya antes de que hubieran llegado las consignas del Dadaísmo, una serie de poetas, encabezados por André Bretón, preconizaron las bases de lo que daría en llamarse Surrealismo, que no sería un nuevo credo literario, ni un estilo pictórico más, sino una forma de vida encaminada a liberar al hombre de las restricciones mentales y a restituirle su unidad.  Apuestan por los componentes irracionales de la mente humana y se apoyan en las teorías de Freud.  Dentro del Surrealismo encontramos dos corrientes: una, que podríamos calificar de abstracta, y otra, la academicista, la cual, a pesar de las reticencias suscitadas, se generalizó a partir de finales de los años veinte.  Dos pintores de esta tendencia nos han legado obras en las que también el avión está presente. Uno de ellos fue René Magritte que creó La bandera negra, obra en la que, dentro de una atmósfera nocturna, una especie de aeronaves parecen ser dirigidas por una mente invisible; y otro, Salvador Dalí en varias de cuyas pinturas está presente este icono, como en Atómica melancólica, que rememora el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. Otro pintor ligado a este movimiento, el español Oscar Domínguez se ha visto seducido en varias obras por el tema aéreo, tales como Pájaros-aviones o Letadlo.

EL RECURSO DE LA FIGURACIÓN

Efectivamente una tendencia a lo figurativo pareció triunfar en el Surrealismo, y esto ya se había hecho patente en algunos pintores tras la Primera Guerra Mundial, ya que muchos artistas se encontraron con la necesidad de denunciar una sociedad que había sido capaz de cometer las atrocidades de esta guerra y utilizaron la figuración, aunque muchas veces aparezca expresionísticamente acentuada o cariturizada para plasmar esa situación.  En este periodo se formaron grupos realistas por todas partes en Europa central, algunos con un carácter solitario como Franz Radziwill, quien representó tanto el avión en solitario en medio de una atmósfera amenazante, como en El avión rojo o sobrevolando paisajes urbanos extrañamente abandonados, como una turbadora premonición de lo que sería la Segunda Guerra Mundial.

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'Letadlo', 1945. © Óscar Domínguez.

En el continente americano, tras la crisis de 1929, muchos artistas volvieron a los temas de crítica social, y los intentos de independizarse de las corrientes europeas dieron lugar a dos estilos: El Regionalismo, de cuyo ejemplo tenemos las obras de Thomas Hart Benton, pintor con un sello muy personal y autor del texto que encabeza este artículo-. En una de sus obras, Contrabandistas nos muestra varios aviones, entre ellos uno de igual modelo que el Spirit of St Louis de Lindbergh.  La otra tendencia, El Precisionismo, tuvo en Charles Sheeler uno de sus mejores exponentes. Hizo de la América industrial el tema fundamental de su pintura; no en vano, en su obra Yankee Clipper, plasma este icono de la industria aeronáutica con un enorme detallismo.  La influencia de la fotografía es tan patente que casi se confunde con ella.  Posteriormente, también en Estados Unidos surgirá otro movimiento similar, el Fotorrealismo, que como su nombre indica tiene también en la fotografía su fuente de inspiración.  Alguno de sus mejores representantes, como Richard Estes, nos ha legado obras de gran belleza en las que el avión está presente, como la titulada: Astrojet. Ya en 1973 tenemos también varios cuadros de tema aeronáutico de uno de los más interesantes pintores de la conocida como segunda generación hiperrealista, Tom Blackwell.

Asistimos en estos momentos en América Latina al esplendor de los grandes muralistas mejicanos muy ligados a las denuncia social y política como Rivera, Siqueiros y Orozco, o pintoras como Frida Kalho en alguno de cuyos cuadros volvemos a encontrar el avión como un guiño a la modernidad.

Pero lo figurativo y lo abstracto continúan marcando una división a lo largo de la producción pictórica del siglo XX.  Bien es verdad que a veces lo figurativo tiene un carácter de crónica periodística, de realismo inmediato, como en el caso de la pintura de Walter Sickert denominada La llegada de la señorita Earhart, en la que, con pincelada plana y rápida, nos resume la importancia que tuvo la llegada de esta aviadora a Inglaterra, tras atravesar el Atlántico en solitario.  Dentro de esta misma tendencia, pero con una intencionalidad muy diferente,  encontramos también a otro inglés Paul Nash.   Tanto sus acuarelas como sus óleos están impregnados de una atmósfera mística y visionaria que transmiten los horrores que las dos guerras mundiales dejaron a su paso.  De la importancia que la aviación tuvo en ambas contiendas dan cuenta muchas de sus obras como Defensa de Albion, La batalla de Bretaña, etc.

También la Rusia del los años 30 la fascinación por la aviación como la visión de un futuro esperanzador se convirtió en un motivo de representación de una pintura bastante academicista.  Pintores como Deineka, Svarog o Vasili Kupstov han dejado varias muestras de ello.

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'XL 513', 1934. © Gerhard Richter.

EL CONTRAPUNTO DE LA ABSTRACCIÓN

En cuanto a la abstracción encontramos ejemplos en los que, aunque persiste el abandono por lo figurativo, no obstante existe una referencia a lo representado, tal es el caso de la obra del pintor armenio Ashile Gorky quien fue comisionado para pintar varias obras de tema aeronáutico para el Aeropuerto Newark,  o del canadiense Alfred Pellan que, en su obra de factura picassiana Pequeño avión, nos ha dejado una muestra de cómo ha interpretado su subconsciente la presencia del avión.

Dentro de esta dicotomía figurativo-abstracta en la que, como ya vimos, parecen moverse los estilos del siglo XX, de nuevo la representación del objeto, o de los símbolos de una época van a ser utilizados por el arte para manifestar una especie de fascinación e ironía por los iconos de culto de la sociedad del momento.  Estas parecen ser las premisas básicas del Pop Art, movimiento norteamericano del que Roy Lichtenstein es uno de sus mejores ejemplos.  También él utiliza el avión en una de sus obras Whaam!,en la que magnifica uno de los cómics más populares de la época confiriendo a este género una gran dignidad.

Alternando entre el realismo y la abstracción encontramos la obra de Gerhard Richter, en cuyas pinturas conviven numerosas lecturas y significados.  En su temática recurre con frecuencia a la historia reciente, tal y como nos refleja en su pintura XL 513, en la nos presenta este avión que fue uno de los bombarderos desarrollados por Gran Bretaña como elemento de disuasión nuclear en los años cincuenta.

Por último no podemos dejar de abordar la obra del inglés Malcolm Morley, artista de una cuidadosa y personal técnica y en cuya obra la presencia del avión se hace visible con muy diferentes motivaciones.

Dentro del panorama español han sido muchos los pintores de la última mitad del siglo XX que han abordado en sus obras el avión, a veces como un motivo de denuncia de su papel en la pasada contienda civil, tal es el caso de Notas sobre el Guernica de Eduardo Arroyo; otras, como en el caso de Lucio Muñoz en su Avión, utilizándolo como un objeto más para transmitirnos sensación de solidez, serenidad  a través de una sobria y reducida paleta cromática.  Otros como Miquel Barceló como una referencia al viaje, en su obra Mirando un avión; Dis Berlín, también nos ha dejado varias muestras de su atracción por lo aeronáutico; Manuel Sáez, Mateo Charris, Antoni Miró o Eduardo Úrculo, por citar algunos, han plasmado en sus lienzos su fascinación por un medio de transporte que ha permitido, entre otras cosas, una de las más importantes revoluciones del pasado siglo: el acercamiento de los hombres y sus culturas.

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'Avión', 1968. © Lucio Muñoz.

 


(1) Por ello resulta imposible en un artículo abordar todos y cada uno de ellos, de modo que me referiré sólo aquellos en los que, de un modo u otro, alguno de sus artistas haya abordado el tema aeronáutico.

La obra destacada en la sección general de ‘Conocimiento’ para anunciar el reportaje es ‘Las hélices’ (1918) de Fernand Léger.

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