23 diciembre, 2007

El aeroplano, un fetiche entre los poetas de las vanguardias

Gonzalo Iguain
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El aeroplano, que así es como se le llamaba al avión de nuestros días hasta casi la mitad del siglo pasado, se convierte desde su invención por los hermanos Wright en 1903, en un ingenio de intensa admiración: Ícaro deja de ser un mito y deviene en realidad.

 

La admiración general por el ángel de acero necesitará de una ruptura del lenguaje al uso, incluso de la manera de sentir y, por consiguiente, de vivir. Es el punto de partida para reflejar en el poema esa admiración por el nuevo invento. En las líneas que siguen trataremos de expresar su fuerza transformadora, transcribiendo los versos que le han dedicado grandes poetas en lengua castellana.

“Cantaremos a las grandes muchedumbres agitadas por el trabajo, el placer o la rebeldía, las resacas multicolores y polífonas de las revoluciones en las capitales modernas: la vibración nocturna de los arsenales y de los almacenes bajo sus violentas lunas eléctricas, las estaciones ahítas, pobladas de serpientes atezadas y humosas, las fábricas suspendidas de las nubes por el bramante de sus chimeneas; los puentes parecidos al salto de un gigante sobre la cuchillería diabólica y mortal de los ríos, los barcos aventureros olfateando siempre el horizonte, las locomotivas en su gran chiquero, que piafan sobre los raíles, bridadas por largos tubos fatalizados, y el vuelo alto de los aeroplanos, en los que la hélice tiene chasquidos de banderolas y de salvas de aplausos, salvas calurosas de cien muchedumbres”.

Guirándula, del libro Helices, de Guillermo de la Torre

'Guirándula' del libro 'Hélices' de Guillermo de la Torre.

Aparece aquí por vez primera nombrado el aeroplano como uno de los inventos, los otros clave son el automóvil y el teléfono, que debían cambiar el mundo poético y dar carpetazo a un simbolismo que, en el caso español, no era otro que el modernismo impuesto por Rubén Darío. Sin embargo, este fenómeno literario tardaría todavía muchos años en cuajar en España, pero lo hizo con movimientos genuinamente locales, el Ultraísmo y el Creacionismo; este último enlazado sólidamente con el mundo hispano de Latinoamérica.

El aviador y el avión conjuntan características esenciales de este manifiesto que alcanzará a todas las artes. Entre aquellas destacamos el amor al peligro, el valor, la belleza de la velocidad, la glorificación militar (enseguida se crean los ejércitos del Aire). Un año después del manifiesto, Marinetti lanzará una proclama futurista “a los Españoles” de profundo tono anticlerical y machista, también traducida por Gómez de la Serna, quien en su prólogo arenga al cambio: “Voltio más que verbo”.

La técnica del verso libero es bienvenida. La palabra es liberada no sólo en su significado, sino de su corsé tipográfico, uniéndola a la plástica mediante caligramas. Un claro ejemplo de la efectista ordenación de los textos se muestra en Hélices (1923), de Guillermo de Torre. Cuatro sintagmas, que transcribimos a continuación, forman una hélice en la portada del poemario: El ventilador pirotécnico multiplica sus aspas deshilachadas, Una constelación pluricolor y efímera tapiza el cielo estival, Un sol de repetición arroja 10.000 proyectiles por minuto, Los cohetes braman sirenas sobre la ciudad y el mar copulados.

Será en 1919, cuando el poeta José María Romero, desde la revista Grecia, la más antigua del Ultraísmo marca un hito en el tema que nos ocupa con la publicación de su Canción del Aeroplano (*).

 

Tu corazón de 1.000 caballos

 

Abandona la tierra y dirígete al cielo,

mi águila blanca, de alas enormes y vibrantes

eleve tu hélice potente,

entre torbellinos de aire,

elévate en el espacio sigue tu ruta hacia el azul.

 

Tú, que no tienes que seguir

un camino inmutable de carriles de hierro

ni una ruta trazada por corrientes marinas; tú, que no necesitas carreteras,

ni la energía dócil de los cables eléctricos

y tienes un motor por corazón

gasta el caudal de tu sangre inflamable

y, entre detonaciones y ráfagas

de esencias hechas humo,

deja la tierra

y elévate en el aire,

traza en el espacio rutas nunca surcadas

y descubre horizontes nunca vistos.

 

Ve al encuentro del día

cuando la Aurora aún

no haya abierto sus rosas;

sube adonde los ojos no puedan distinguirle,

bello pájaro gigante,

lleno de gracia y majestad

desde donde los valles verdes

y las blancas montañas de la Tierra,

y la llanura azul del océano,

y la ciudad brumosa de enormes chimeneas,

donde tiembla el burgués y el bolchevista ruge,

tengan para tus ojos,

ebrios de luces siderales

la plata fría y uniforme

de los paisajes celestes.

Asciende entre la bruma:

elévate sobre las nubes que te impiden

ver el azul del cielo; destrózalas con tu hélice enloquecida,

que, a través de los amplios ventanales que abras,

se derrame la lumbre del sol

y haga brillar tus alas

mojadas por la lluvia

y aparte la opresión de la tormenta.

Sube en la tempestad,

nauta del Infinito;

pasa serenamente sobre el trueno del mar.

apaga sus bramidos con tu motor rugiente

elévate entre los torbellinos del viento;

corta con tu timón

el vientre de las trombas

y opón al furor del huracán

tu corazón de mil caballos.

Elévate pronto, mi pájaro enorme;

los bárbaros cubren sus campos

de torres blindadas y quieren cerrar tu camino

con nubes de llamas y acero.

¡Remonta tu vuelo más alto,

que no lleguen a herir tu corazón! Responde e, la Muerte trazando en el aire

la curva sin fin de la Vida

y hacia la paz azul del Infinito

prosigue tu ruta triunfal.

 

La oda, en tránsito todavía hacia lo auténticamente nuevo, aunque hermosa, es muy criticada por Gómez de la Serna en su obra Automoribundia. Decepcionado, sostiene que “diez años antes de que llegase el plagio y la imitación de lo moderno a España, vertía yo ya frases como Conspiración de aviadores y chauffeurs, Texto de marconigramas o de algo más sutil volante sobre los mares y sobre los montes”, y añade el maestro del nuevo lenguaje, “Por eso cuando diez años después vi aparecer.... llegaban muy tarde las radiografías y los aeroplanos líricos. Me dio vergüenza el acto retardado y plagiado”.

Lorca y Buñuel en la Feria de San Antonio de la Florida

Lorca y Buñuel en la Feria de San Antonio de la Florida.

DEL FUTURISMO AL ULTRAÍSMO

Sin embargo, la nueva poesía española ve lejano ya el eco futurista (cuyo movimiento se encamina hacia la estética fascista), y decide manifestar su mayoría de edad a través del Ultraísmo, en cuya proclama se lee: “Nuestro lema será ultra y en nuestro credo cabrán todas las tendencias, sin distinción, con tal que expresen un anhelo nuevo. Más tarde estas tendencias lograrán su núcleo y se definirán. Por el momento, creemos suficiente lanzar este grito de renovación”.

Un núcleo de poetas jóvenes, bajo la égida de Rafael Cansinos-Assens, da vida literaria a este movimiento a través de revistas como Grecia, Cervantes, Vltra y Alfar. Eugenio Montes, Isaac del Vando, Adriano del Valle, Rafael Lasso de la Vega, Pedro Garfías y el argentino universal Jorge Luís Borges, residente en España por entonces, son algunos de los bardos más relevantes.

El poema ultraísta deja notar las influencias del cubismo, del futurismo y del dadaísmo. Está repleto de imágenes y metáforas chocantes e ilógicas con alabanzas al adelanto técnico. La rima se elimina y en el léxico priman los neologismos, tecnicismos y las palabras esdrújulas.

El Ultraísmo aseguraba que el único cambio respecto al resto de la poesía era la estructura, y que todas las innovaciones esenciales radicaban en aquella. “No pretendemos modificar el alma o la naturaleza. Lo que renovamos es el medio de expresión, la sensibilidad y el sentimiento serán siempre los mismos”. El desarrollo tecnológico y lo que supuso éste en la socioeconomía, modificó radicalmente a la urbe, y sensorialmente a sus habitantes.

Las greguerías, “lo que gritan las cosas”, de Ramón Gómez de la Serna son un ejemplo paradigmático de que se veía de forma diferente, se oían sonidos nuevos y se palpaban materias desconocidas. Los olores, que tanto habían significado en la poesía romántica, dejan de tener un papel relevante. La ciudad ha ganado ya al campo definitivamente.

La nueva expresión poética de ese sentir se plasma en versos como los de esta greguería de Gómez de la Serna que dice “Los que bajan del avión parecen salir del Arca de Noé”, o como los versos de José de Ciria y Escalante, muerto con apenas 23 años, cuando en 1920 escribía en su poema Verbena:

 

Las carreteras vírgenes

cogidas de las manos

ofrecen sus vientres desnudos

a los aeroplanos

 

Pero quizá una de las obras más destacadas en este sentido es Aviones, un poema que Rafael Lasso de la Vega escribió en 1920 y que es un auténtico canto a estas máquinas voladoras.

Los aviones tienen siempre

desplegadas las alas.

Posados sobre la tierra

guardan la actitud de su vuelo

Peces voladores

en la piscina celeste

rizan el rizo en espirales

mejor que pájaros

El aviador rige su nave

sentado en su trapecio movible

hacia los cuatro puntos cardinales

Alas sin plumas

veloces en el éxtasis dinámico,

al girar de la hélice,

atraviesa las ráfagas del viento

volando afirmativas

Después en el hangar

los aviones que tornaron

duermen sobre sus piernas y descansan

Ansares blancos, grises o amarillos

con los colores nacionales sobre el pecho,

se alojan en sus jaulas

En el aeródromo está el palomar

y las casetas para los ánades

cuando dejan el agua

después de aterrizar

 

El sevillano Lasso de la Vega escribió este poema en francés (“Les avions ont toujours les ailes deployés”), siguiendo las directrices del insigne chileno Vicente Huidobro, que recomendaba escribir en una lengua que fuera no materna y, por lo tanto, pensaba que “más libre”. La traducción es del propio Lasso.

Había sido el propio Huidobro, gestor junto a Pierre Réverdy del Creacionismo, el que había magnificado años antes al ingenio de la libertad en su escrito Horizon Carré, de 1917.

Una cruz

se ha venido al suelo

Un grito quebró las ventanas

Y todos se inclinan

sobre el último aeroplano

El viento

que había limpiado el aire

Naufragó en las primeras olas

La vibración

persiste aún

sobre las nubes

 

Retrato de-ramon-gomez-de-la-serna-1915, por Diego Rivera

Retrato de Ramón Gómez de la Serna, 1915, por Diego Rivera.

LA NUEVA POESÍA

Huidobro viene a España en 1918 y junto a Ramón Gómez de la Serna es el gran impulsor de la nueva poesía. Detrás del término Creacionismo lo que hay es una obra autónoma del mundo (el siguiente estadío sería el surrealismo). Los poetas ya no cantan a la naturaleza sino que la imitan, camaleónicamente; la yuxtaposición de imágenes es constante. Lo anecdótico y descriptivo deja de tener espacio en el verso. Hay que “hacer un poema como la naturaleza hace un árbol”.

En España, el bilbaíno Juan Larrea y Gerardo Diego se encuadran mejor en este movimiento que tiene un fiel reflejo en el poema Evasión que Larrea escribió en 1919:

Acabo de desorbitar

al cíclope solar

Filo (galicismo para huyo) en el vellón

de una nube de algodón

a lo rebelde a lo rumoroso

a lo luminoso y ultratenebroso

 

Huidobro cuenta con un poema emblemático del Creacionismo, que no es otro que Altazor o El viaje en paracaídas. Compuesto por siete cantos, el autor concede un gran protagonismo al aeroplano y al aviador que están presentes en casi todos ellos. He aquí algunos trazos de este poema.

 

Morirá el cristianismo que no ha resuelto problema alguno

Que sólo ha enseñado plegarias muertas

El Cristo quiere morir acompañado de millones de almas

Hundirse con sus templos

Mil aeroplanos saludan la nueva era

Ellos son los oráculos y las banderas

(Canto I)

 

Cuidado aviador con las estrellas

Cuidado con la aurora

Que el aeronauta no sea el auricida

(Canto IV)

 

Festejamos el amanecer con las ventanas

Festejamos el amanecer con los sombreros

Se vuela el terror del cielo

Los cerros se lanzan pájaros a la cara

Amanecer con esperanza de aeroplanos

(...)

Ahora que un caballo empieza a subir galopando por el aro iris

Ahora la mirada descarga los ojos demasiado llenos

En el instante en que huyen los ocasos a través de las llanuras

El cielo está esperando un aeroplano

(Canto V)

 

LA VIEJA GUARDIA

No sólo los ísmos y los poetas de vanguardia se interesaron por el nuevo ángel, sino que también insignes escritores de la vieja guardia hicieron sus pinitos en cantar al pájaro de acero. Uno de los más destacados es el bilbaíno universal Unamuno. Don Miguel, poeta ante todo, según la opinión más autorizada de Juan Ramón, describía así al antecesor de la máquina que nos ocupa, el dirigible: “Hoy he visto volar una ballena sobre el Sena, dos labios cerrados en un beso, Volaba la ballena, y no era alada”.

Pero no es la única alusión que realiza a la máquina voladora. Mientras Guillermo de Torre escribía su Madrigal Aéreo, “Panorama vibracionista –galería de máquinas-dínamo-una corona de hélices- magnifica la testa de FÉMINA PORVENIRISTA, el catedrático de Salamanca se recreaba en un pequeño poema que titulaba Al Aeroplano:

 

Volando cantan hélices de acero;

ya viene el tiempo de robusto encanto,

graznan los cisnes al morirse o callan,

se baña en nubes rígido aeroplano.

 

Mientras escritores y poetas vuelcan su pluma en esos fascinantes artilugios voladores, los pilotos se van apuntando nuevas gestas dentro del incipiente mundo de la aviación. En febrero de 1926 culmina el vuelo mítico Huelva–Buenos Aires del Plus Ultra, y en el mismo año los enlaces aéreos España-Filipinas y España-Guinea. El avión comienza a verse en los cielos españoles y Heliodoro Puche publica Cruza un Aeroplano. Este poema renuncia a la pureza ultraísta para tratar de humanizar el ingenio.

Como un ruiseñor joven

El tiburón mecánico, cantaba

Sus canciones de hoy,

con trinos de mañana

Ha cruzado como una lanzadera,

el tiburón sonoro....

De sus alas

metálicas pendía

zumo de sol en luminosas algas

Antonio-Machado-

Antonio Machado.

Los años de la dictadura de Primo de Rivera, aunque limitados en libertades, fueron muy propicios para el desarrollo de los ismos, ya que el país se dio un baño de modernidad económica. Se funda la Telefónica, Iberia y las primeras petroquímicas. El 28 de junio de 1927 se constituyó la aerolínea española, que luego sería de bandera. De capital privado, propiedad de Horacio Echevarrieta, otro bilbaíno amante de la modernidad, y de Lufthansa, que tenía el 24% del capital. La compañía se estrena con 3 aviones de 10 pasajeros cada uno haciendo la ruta Madrid-Barcelona, para luego añadir otros vuelos peninsulares y los de conexión con el norte de África.

Este acontecimiento supuso la popularización del aeroplano, y será Ernesto Giménez Caballero, enamorado del Futurismo fascista y, por curiosidad, intelectual de todas las vanguardias, quien en 1929, ensaya una acrobacia conceptual sobre lo que representa el avión,  la importancia del avión. El automóvil, la otra máquina, ha perdido glamour, son ruedas, noria todavía. Tras calificarlo de nuevo caballo de Troya, define al avión como caballo de alas de los poetas, ofreciendo un país, a vista de pájaro, “como sumario de relieves orográficos, de tintas planas y de horizontes sin cierres”. Entrando en política, “el avión suprime todo problema nacionalista, ya sólo hay “Estados Unidos (por el aire) de la Tierra”. El avión, cuando escribe el crítico, es claramente elitista, y está hecho para quienes hacen el mundo: ingenieros y poetas.

La nueva visión cenital que ofrece el nuevo medio de transporte sirve a Giménez Caballero para revisar la imagen poética de Castilla de esta forma: “Volando sobre la meseta, eso lo saben bien las águilas y los aviones, no se parece greñuda y hosca. El páramo castellano, en esas mañanas apolíneas de sol y de aire imperial, tiene esa sensualidad exquisita de la masa nerviosa desnuda, violeta... No hay en ella vísceras opulentas ni apetitosas que distraigan a la meditación y a la voluntad. No hay en ella ese corazón, ni ese vientre, ni ese hígado, que se observa en Cataluña, en Vasconia, en Galicia, en Andalucía. El páramo castellano deja reverberar sus sesos a la luz cenital del cosmos. Cerebro de la Península… La nueva poesía que suscita Castilla es toda intelectual. De belleza fina y superna. Para creer de nuevo en Castilla hay que, previamente tener fe en la verdad del intelecto desnudo. Amar el paisaje encefálico, de materia gris”.

La ilusión de Giménez Caballero, inapelablemente fascista, encontraría pocos años después su banco de pruebas en la guerra civil española, donde el avión jugó un papel destructor terrible. Es entonces cuando se pone de manifiesto toda la violencia que el futurismo entrañaba y que se resume en esta reflexión de Jiménez Caballero: “pasar al galope por encima de las ciudades viejas y los hombres sabios”.

Retrato de Miguel de Unamuno, por Gutiérrez Solana

Retrato de Miguel de Unamuno, por Gutiérrez Solana.

DE ÁNGEL A DEMONIO

Los horrores de la guerra civil, donde se experimentó por primera vez el bombardeo en masa contra civiles, acción bélica que Picasso inmortalizó en el Guernica, rompió la imagen gallarda del avión, demonizándolo y convirtiéndolo en una máquina de guerra. Abundan los gritos en verso contra esa macabra función. He aquí algunas pruebas de ello; dos poemas de un autor tan cercano al pueblo como es Antonio Machado, y un poema que Rafael Alberti, entonces miembro de la corriente surrealista, dedica al piloto, al héroe.

 

Primavera (Poesías de la guerra, de Antonio Machado)

Más fuerte que la guerra -espanto y grima-
cuando con torpe vuelo de avutarda
el ominoso trimotor se encima
y sobre el vano techo se retarda,
hoy tu alegre zalema el campo anima,
tu claro verde el chopo en yemas guarda.
Fundida irá la nieve de la cima
al hielo rojo de la tierra parda.
Mientras retumba el monte, el mar humea,
da la sirena el lúgubre alarido,
y en el azul el avión platea
¡cuán agudo se filtra hasta mi oído,
niña inmortal, infatigable dea
el agrio son tu rabel florido!

 

La muerte del niño herido (Poesías de Guerra, de Antonio Machado)

Otra vez es la noche… Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. -Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!
-Duerme, hijo mío. Y la manita oprime
la madre junto al lecho. -¡Oh, flor de fuego!
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego:
fuera la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.
-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
-¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

 

El Aviador (Marinero en Tierra, de Rafael Alberti)

Madre ha muerto el caballero

del aire, que fue mi amor.

Y en el mar dicen que ha muerto

de teniente aviador

 

¡En el mar!

 

¡Qué joven madre, sin ser

todavía capitán

 

El belicismo ha marcado la plástica y la poética desde la primera guerra mundial hasta nuestros días, pero fue en el período de entreguerras cuando el aeroplano alcanzó su cima estética “civil”. Ayudó a ello el hecho de que los movimientos genuinamente españoles, como el Ultraísmo, Creacionismo, Surrealismo e incluso el Estridentismo mexicano, del que no hemos hablado pero que influyó en autores como Octavio Paz, estuvieran alejados de la violencia que propugnaba el Futurismo, enseguida secuestrado por el fascismo.

Señalemos por último que el aeroplano, además de tener desde sus inicios un significado poético (como hemos podido observar en los versos anteriores), también fue significante, soporte, papel. El Nose Art surgió en 1913 cuando los fuselajes de los aparatos comenzaron a dibujarse habitualmente con figuras femeninas y leyendas escritas, como forma de inyectar moral e insuflar valor a los gladiadores del aire. Reapareció con fuerza en la segunda guerra mundial y alcanzó su máxima perversión poética en el Enola Gay, el bombardero utilizado para lanzar la primera bomba atómica, a la que se puso nombre: Little Boy.


(*) NOTA IMPORTANTE: La forma en la que aparecen colocadas las estrofas de los poemas no es la original. Debido a la configuración de la web no podemos reflejar las sangrías, estética y disposición visual en la que los poetas estructuraron sus obras.

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